En la foto: las manos escribientes del Peregrino.
«Es todo mi sentir un desconcierto;
un fuego el alma, la mirada un río;
de pronto espero, al punto desconfío;
ora divago, de repente acierto».
Camoens.
un fuego el alma, la mirada un río;
de pronto espero, al punto desconfío;
ora divago, de repente acierto».
Camoens.
Los Opúsculos de un Peregrino cumplen un año en la blogósfera. Por accidente, el 3 de junio de 2008, nacieron en un café Internet en el número 4-25 tal vez, de la calle de la Factoría en Cartagena de Indias pero se crió en la de San Miguel del Príncipe en Bogotá.
Para celebrarlo, para cantarme a mí mismo como Whitman, he decidido tomar algunas frases de viejas entradas e irlas recopilando, modificándolas. Seguro estoy de que mis lectores habituales no las leyeron, pues, este espacio, en su infancia modesta y apacible, apenas y contaba con visitantes. Fue Yara quien me enseñó el arte y los trucos y hoy hasta un buen lugar tengo en el ranking.
Pero, antes de empezar, debo reconocer que este espacio, ha significado para mí encontrar gente maravillosa en el camino, amigos venidos de los cuatro puntos cardinales: de las montañas andinas, de la Antioquia de la que intento desasirme, de la gamberra capital colombiana, de las pampas del sur, del Río de la Plata de aguas amarillas, de la Argentina toda, del cosmopolita Madrid, de las tierras místicas del Al-Ándalus, de los más diversos rincones de la península, de los territoires de glace de Voltaire, que son el Canadá, del Méjico de bravías águilas y más bravos aún desiertos, del Perú de los Incas, del Paraguay que grita en guaraní sus penas, del Chile austral y metálico que cantara Neruda, de la Cuba cubana y altiva de nictálopes y andenes desvencijados adonde ya no llega el tren ni pasa más García Lorca, de la República Dominicana de mulatos lúbricos y sonrientes, y de muchos otros lugares…
A todos les diré como el primer día, como en la primera entrada: que este es mi blog –mon petit recoin, la dimora di alcuni dei mei pensieri- que lo escribo desde un país de palmeras y ventiscas, de risa y desencanto.
Bienvenido anónimo navegante. Bienvenidos curiosos todos. Bienvenidos lectores desocupados. Bienvenidos amigos y enemigos ávidos de saber, de lectura, de palabras. Bienvenidos a mi reino. Dejadme correr ante vosotros el velo de mi ser...
¿Quién es el peregrino detrás del Peregrino?
Para empezar, nací junto a unas palmeras muy cerca del mar de los caribes, del olvido. Una tarde, en medio de soles y calores insoportables, me abrí paso por la núbil vagina de mi madre para, desafiante, abrir los ojos y volverlos pronto a cerrar: estaba mortecino. Un mes después me desahuciaron. Pero, la vida y su malquerencia fueron más fuertes. Sobreviví. Crecí. Aquí y allá. Sin muchas cosas aunque con muchos sueños y con terribles ansias de ser libre, de ser pájaro que vuela, de ser mariposa o manzano como suspiraba Neruda y fantasma que se cuela por las rendijas, que vuelve a entrarse por la ventana, que se cuela por una rendija del rosetón y que sobrevuela el cuarto de la memoria disfrazado de recuerdo.
Vivía encerrado y los cuidados médicos se redoblaban. Fue entonces cuando aprendí a husmear los libros, sin saber siquiera leerlos.
Un día, sobre el gran atlas de mi padre, montado en mi Wolkswagen miniatura (el mejor regalo de Reyes que jamás tuve) empecé a recorrer el Oriente y Europa; pasaba el Bósforo de un salto, bajaba al Peloponeso y luego, haciendo trampas, bordeaba el Adriático, cruzaba el Po, daba un giro sobre Lucerna arrastrando castillos y me encaminaba hacia los Pirineos.
Creo que fue en esa época cuando aprendí de memoria los ríos de España y las ciudades por donde pasaba el Guadalquivir: el Tajo, el Duero, el Ebro, Sanlúcar, Andújar, Sevilla, Córdoba.
Luego, conseguí un barco, por mi cumpleaños, emprendí la expedición y, Danubio adentro, me perdía en la Dacia misteriosa. A lo lejos quedaba Transilvania, recóndita y espeluznante.
Haciendo trampas, como siempre, salía del embrollo: en la Selva Negra traía mi Wolskwagen y lo hacía caer del cielo; montaba el barco encima y, a las puertas del Rin, lo hacía desaparecer de nuevo. Rodando, rodando, terminaba mis fantasías en los Países Bajos y me iba a cenar.
Tal que Mafalda, detestaba las sopas. Cremas de verduras, de cebollas, de carne fresca, de gallinas, de plátanos; ninguna me placía.
Cuando llovía salía a la ventana como a contar las gotas. Creo que fue la lluvia la que me enseñó lo que es la melancolía.
Al anochecer, muy temprano, decía mis oraciones y me dormía, al ritmo de los padrenuestros. «Ángel de mi guarda, mi dulce compañía»…y se apagaban mis ojos inquietos.
Should my early life seem, (as well it might) a dream, dice Poe. Pero, pasé por mi niñez a gran velocidad. Muy precoz, como siempre, salí pronto del regazo materno, del calor del hogar. Me eduqué en un colegio al cuidado de los clérigos de san...
Mientras mi viejo atlas, olvidado, se consumía en la humedad y el moho, yo volaba con Verne, con García Márquez, con Flaubert, con Unamuno. Dostoievski me enseñó la mezquindad del corazón y Camus la gratuidad del mundo; con Nietzsche vi su locura y con Kierkegaard su brevedad. Platón me enseñó a amar la poesía y Aristóteles a odiar a Dios. Con el Aquinate descubrí el latín de los antiguos y con Malebranche el francés de Molière. Agustín me hizo recuperar la fe ardiente de la niñez y Marx sus inconsistencias. Así pasé mis mejores años: leyendo. Leía sin prudencia, sin prevenciones. A decir verdad, nunca he arado la tierra ni buscado nidos (es de Sartre. Cito de memoria), nunca hice un herbario ni tiré piedras a los pájaros. Pero, los libros fueron mis pájaros y mis nidos, mi herbario y mi campo, la biblioteca era el mundo encerrado en un estante. Platónico por naturaleza, fui del saber a su objeto, me parecía que la idea tenía más realidad que la cosa. C'est dans les livres que j'ai rencontré l'univers.
Después, pasando el tiempo, terminé mi camino en la vieja Santa Fe, de esmog frío y viento de montaña. Me enamoré de la sórdida carrera décima, de la alcurnia capitalina de manos de niña española, me desterré a una ciudad cuyos rostros y gente van de prisa. Y se me quedó prendado el corazón en los oquedales de sus cerros, en sus putas y sus maricas. Por eso, a veces me hace falta La Candelaria vieja en donde siempre se encuentra una historia, la elegancia inglesa de Teusaquillo y el Chapinero ruidoso y noctámbulo. Pienso en el lejano Fontibón con sus charcos, en la Suba de calles estrechas, de barrios deprimidos y de rubicundas mejillas infantinas. Repaso el norte opulento, el sur olvidado, sus rostros tristes, casi sin esperanza. Ciudad de todos, tierra de nadie, lloro su soledad, sus mañanas de sol espléndido, sus tardes bajo la lluvia que empaña las ventanas antiguas, el hormigueo de sus quincalleros…
Creo que por mis condiciones personales, por tener una mente tan inquieta, y luego por haber podido establecer contactos desde que era niño con gente y maneras extranjeras, siempre me mantuve un poco a distancia –lo digo humildemente- de los gustos, palabras y hábitos del lumpen. Me siento a veces –más en este destierro- como distinto y lejano, algo así como un predestinado. Acaso una nueva Juana de Arco, llamado a una gran misión. Yo también oigo voces. Como dice el poeta, «voces que anuncian: ahí vienen tus angustias. Voces quebradas: pasaron ya tus días. Son fantasmas, una multitud de fantasmas ebrios».
Mi mente es inquieta, deseosa de conocer: es un ardor encendido, sed que a veces siento de todos los versos, ansias de conocerlo todo.
Cuando la masa ignara y amorfa prefiere exaltar el nacionalismo mostrando las bondades innegables de nuestra tierra y de nuestra gente, yo prefiero cultivar una sana autocrítica. Soy, en realidad un antipatriota. Tal vez es que, si queremos mejorar, como decía David Sánchez Juliao, debemos ser implacables con nosotros mismos, reconocer que hemos terminado siendo mediocres y que estamos muy lejos y muy por debajo de los grandes ejemplos de hidalguía, sacrificio y audacia de muchos de los que nos han precedido en esta Historia mal escrita, campo en ruinas.
Detesto la complacencia dulzona y el patriotismo masturbador y narcisista. El nacionalismo, como a Camilo José Cela, se me curó viajando.
Me río de la procacidad literaria, la disfruto; y sin embargo, creo en el respeto, la compasión, la solidaridad. Soy una especie de Marx y Nietzsche reunidos. En mística un Eckhart, en estética un Céline; en gustos, un heterodoxo relapso. Tan humilde como Moisés, tan egotista como De Gaulle. Tan mierda y tan nada de lo anterior como todos ellos.
Respecto a la gente de mi raza estoy lleno de pecados inauditos. Cuando mis ancestros, sedientos de oro, se establecieron cerca del mar, se creyeron condenados a morir allí para siempre. Creo que de indias livianas que cedieron al lúbrico conquistador, que aprendió a vivir perdido entre las ciénagas, vio la luz la pobre y zarrapastrosa progenie de mi padre. Más tarde, de las generaciones que se pierden en el tiempo espectral nació mi madre sin la casta ni la alcurnia de sus predecesores, todos peninsulares. Así fue pasando el tiempo y fueron atropellándose las horas los días y las edades hasta que aparecí yo, el hijo de esta historia espuria. De entre los míos, me siento a veces como el más avezado en esto de la gloria y el honor de los hombres, cosa que me ha traído no pocos contratiempos que no merecen ser recordados sino contados, pues contar un dolor es acaso consolarlo, como bien dijo Eça de Queirós (las referencias, os las quedo debiendo. Buscadlas en algún recodo viscoso de mi occipucio, si es que la memoria, por ventura, se aloja allí).
En un mundo que tiende a la homogeneidad, algo en mí insiste en hacer la diferencia. Me duelen los hombres, mis hermanos. Me duele el mundo y su miseria. Me duele, por ejemplo, me duele inmensamente África…
La vida me ha ido cambiando, afanosa y veloz. Un día, sin darme cuenta, descubriré que estoy viejo de veras y que aún no llego a ninguna parte. A eso me condena esta existencia impuesta: a la sensación angustiante y angustiosa de estar y sentirme siempre en camino. Camino y camino y el horizonte sigue estando igual, intacto delante de mis ojos como el primer día. No hay tal vez otra salida, sino amar el viaje y disfrutar del vértigo de la ruta. Quizá al final, cuando caiga agotado y exánime de mi viaje, unas manos más grandes me recogerán y me harán descansar para siempre. Mientras tanto, vivo de la apuesta como Pascal.
La vida, poco a poco me ha ido mostrando, hablando de sus penas, de sus amores perdidos, rotos, venidos a menos. Después de las peleas que he debido librar hasta ahora, creo haber terminado por renunciar a la fe en el amor y casi prefiero la comodidad de las conquistas furtivas. A estas alturas del partido, veo con claridad que lo humano fenece y que, como dijo Borges, «ser inmortal es baladí».
No obstante no tengo otro camino que seguir soñando y aspirando a lo más grande para seguir sintiendo que estoy vivo, pues, los sueños me hacen despertar, dejar la inercia y moverme por impulso propio. «El aburrimiento es algo semejante al polvo. Vamos y venimos sin verlo, respirándolo, comiéndolo, bebiéndolo. Sin embargo, basta detenerse unos instantes para que recubra el rostro, el cuerpo, las manos», escribe en su diario el curé de campagne. Por eso yo, también como Bernanos concluyo: «hay que moverse [¡debo moverme!] sin cesar».
Gracias, gracias, grazie, merci, thank you.







