domingo 23 de mayo de 2010

MI INTENCIÓN DE VOTO


A una semana de las elecciones presidenciales en Colombia, comunico a mis amables lectores, a quienes probablemente no les interesa saber esto (y con toda razón) que mi voto en la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia será por Gustavo Petro Urrego, candidato de la Izquierda democrática. Aunque muchas razones de fondo me llevan a esta decisión, para resumir diré que su desempeño político como congresista, su programa de gobierno y su arrolladora inteligencia con la que ha descollado en todos los debates presidenciales, me llevan a creer que es, de lejos, el mejor de los aspirantes a reemplazar al acondroplásico enemigo de la lengua castellana, presidente Álvaro Uribe Vélez quien seguirá -para reposo de mi alma- aplastando su minúsculo culo en el solio de Bolívar, hasta el 7 de agosto próximo.

domingo 21 de febrero de 2010

Réquiem por el amor más puro.

De allá abajo, de bien adentro, me sube hoy al alma una tristeza. Es una melancolía rara; la que produce la conciencia de saber que uno se va a morir.

Particularmente, estoy profundamente persuadido, como Tolstoi, de que el asunto de la literatura no es otro más que la muerte, escamotearla o encararla.

Cuando yo era niño y usaba pantalón corto, un mañana calurosa de esas que en mi pueblo preceden a los chubascos fuertes, repentinos, vespertinos, sin saber yo por qué, mi padre me levantó del suelo con sus brazos mientras veía mis pies alejarse del embaldosado de la amplia sala. Un poco más y cerré los ojos, para pestañear. Un poco más y los volví a abrir. Ante mí, apareció súbitamente La Pola, muerta, con pedazos de algodón metidos en los orificios nasales, la piel de una palidez anémica y el gesto grave y calmo.

Pero no fue esa vez cuando entendí que moriría. Para llegar a allá faltan aún muchas cosas, falta sobre todo llegar aquí, al barriecito de las calles polvorientas, a la computadora donde estoy escribiendo, al piso sin acabados adonde vivo, en esta casita junto a otras, rimero allende el cual Bogotá acaba y se divisan los potreros que dejan pudrirse los muertos cuando de deshacerse de ellos se trata.

La Pola era mi tatarabuela. El mundo ha cambiado mucho y la raza se ha degenerado tanto que hoy la gente no muere tan vieja y por supuesto, tampoco conoce a sus tataranietos ni viceversa. A todos nos matan antes las enfermedades: el cáncer del colon, del páncreas, de las entrañas, de la memoria, de la vida; o una bala, que de esas aquí abundan.

Pero yo sí la conocí. Era un ser venido de otro tiempo, acaso de la época del Mariscal Robledo, de los años del telégrafo y del ruido del ferrocarril; un ser bautizado con un nombre que ya no se usa y cuyos descendientes no eligieron para ninguno de sus vástagos. Gorda como ninguna, con ese castellano límpido y arcaico de los viejos, pronunciaba una ese nítida, perfectamente apicoalveolar, casi africada, como a nadie se la he vuelto a oír. Vivía siempre enferma, odiaba la televisión, era fanática de las corridas de toros y le encantaba tomar las sopas hirviendo, incluso en los días de calor.

Fue mi padre su biznieto preferido, el reamado. Ahora bien, como las abuelas son una especie de daimon bueno y regordete que acolita nuestras pilatunas, yo, el primogénito de mi padre, heredé el derecho de preferencia. Pero no lo disfruté mayor cosa. La Pola se fue a trenzar las nubes cuando yo tenía cuatro años.

Ahora ya estoy viejo y pronto iré a su encuentro. Aunque tal vez sólo alcance a verla de lejos. Porque al cielo, lo que se dice cielo, lo más probable es que no me dejen entrar, por matacuras.

Pero miren ustedes cómo son las cosas: hoy en Colombia, que todo lo pervierte, el país de los tontos, donde cada vez se habla más mal, mejor dicho, peor, ‘pola’ es un eufemismo para decir cerveza. ¡Crasa estupidez de todo un pueblo! Venir a insultar así la memoria de persona tan ilustre, faro vetusto de mi progenie.

Hoy he oído: ¿tomémonos una ‘pola’, amigo, que es viernes? Y mi mente imprudente repetía (en silencio claro está; que aquí si lo digo en voz alta sacan pistola y ¡pum!): que te ensarte por el culo el diablo, irrespetuoso. A mí díganme cerveza, caña, chicha o birra si quieren, que el italianismo lo perdono; pero ‘pola no, que La Pola se respeta.

Por ser el primogénito, de entre sus tataranietos, soy el único que no la olvida. Los otros ya lo hicieron porque para olvidar hay que recordar y de eso ellos no saben. No se los perdono (como dicen ellos, por no saber usar los pronombres ni saber qué es un complemento directo). No se lo voy a perdonar jamás, digo yo.

Pero, qué se va a acordar ya Santa Fe de Policarpa Abad. ¿Verdad, pueblo pendejo? Tú no te acuerdas. El único que no la olvida soy yo, quien por las noches extraño las caricias que de niño me quedó debiendo. Yo, que de sus descendientes pude, el que más, meterme entre sus brazos, alzarle con inocencia la enagua y subirme luego a sus piernas para sentir el calor adiposo de sus carnes.

Nuestra despedida ciertamente fue corta. En presenciándola yo en lo alto del mundo, La Pola muerta, el tiempo suspendido, llegó el cura y empezaron el sermón y los rezos, se organizó el cortejo y principió el desfile. Jesús Nazareno, que así se llamaba la iglesia, hervía con el sol de la tarde. Las paredes blancas de las casas vecinas reverberaban y, ni siquiera bajo los campanos, se aplacaba el bochorno.

Para siempre quedará en mi memoria el lento caminar lacrimoso de las hijas y de las nietas, mis tías; sus vestidos negros y el chal morado de la que encabezaba el séquito, y también las miradas traviesas de las viejas tras las chambranas.

Cuando, rumbo al cementerio todos se fueron, después de la quema del incienso y de los réquiems junto al altar barroco, a La Pola no la vi más. Regresé a la casona, sin radio, sin televisión, sin diversiones, a hablar quedo, a no moverme, a rezar mil rosarios, a recibir mil visitas, hasta que los días del duelo pasaran.

Ahora, en la vorágine confusa de los recuerdos, se me obcecan las ideas y se me anegan los ojos en grandes goterones de lágrimas saladas que se despeñan sobre el suelo fofo, abierto para mostrarme los huesos de La Pola ya sin carnes. Y yo sigo aquí, solo como voy, sin ella, sin su amor tan puro, el más puro, anhelando sus mimos, en el camino de la vida. De la vida que, hoy lo comprendo bien, no es más que una insistencia perpetua, una terquedad cínica; la soberana contumacia del ojo que ve, de los pulmones que respiran, del corazón que late, aun cuando yo ya no quiero.

Nota: a quienes han extrañado mis comentarios en sus blogs, pido disculpas y un poco de paciencia. Los fines de semana, siempre trato de actualizarme hasta donde más puedo.

* En la foto, de www.flickr.com, el Cementerio Central de Bogotá.

domingo 31 de enero de 2010

Fisting

Genealogía de un puto II.

A Alberto, que vive por ahí en las calles y que nunca lo leerá; para cumplirle una promesa.

No muchos años después de todo aquello, salí del pueblo, por la carreterita ya pavimentada que no viera el Mariscal Robledo.

En la alta cima del cerro, antes de cruzar la comba del camino de donde ya no se ve más la honda sima del valle, miré hacia abajo y vi por última vez al Cauca serpentear los collados de la comarca entera con sus aguas amarillas, agrestes, rumbo al mar, rompiendo montañas.

Entonces, roto el corazón, dije desde dentro de la rota alma: adiós tibio viento y tibias noches, adiós vida apacible de Santa Fe. Y me fui al Medellín de lloviznas y de mojadas: me fui al colegio, luego a la universidad. Y sepulté mi infancia.

Pasando el tiempo, donde todo empieza, adonde todo vuelve y donde todo termina y fenece, en la época de los sueños y de las ganas de vivir, llegué a Bogotá, al barrio de San Bernardo, guarida de camajanes. Allí vivía yo; y él en la habitación contigua; los dos en el inquilinato de las destartaladas puertas y del patio de baldosín verde, a la sombra cercana de dos montañas que tenían en esa época sendas iglesias adonde subía la gente a pie, los domingos, para estar del cielo más cerca.

Los ruidos, que se hacen familiares cuando sólo te separa una pared sin acabados, terminaron por hacernos hablar un día y compartir otro, un par de botellas en el barcito que olía a lúpulo, a boj, a meados, y donde se jugaba al billar.

Era lo que se llama, con perdón, un puto. Tan joven, belleza al natural, pero, tan mohíno que parecía formado de dolores, inocencia de un pajarillo al viento, sin un nido, gorrión perdido en la selva de cemento sin un árbol para reposar; de ojos grises por lo apagados, aunque cardenillos por su color.

Todo empezó en el barrio de casitas iguales donde pasó su infancia. Fue bajo el cielo despejado de un enero travieso, que dejaba ver claramente el sol de la tarde, perdido tras los cirros lejanos y erráticos de algodón indiscreto, mientras suaves vientos alisios hacían tremolar las hojas de los nogales cercanos y él frente al taller sucio, en medio de la vulgaridad cotidiana de la vida de las barriadas, entre los gritos de los mercachifles y la rudeza de los menestrales. Fue así como descubrió el amor.

Ahora, que César se ha ido y que pasa el tiempo y que él no vuelve, lo recuerda en el barcito que dije, mientras se le nubla la voz y el timbre de su acento me deja entrever la profunda nostalgia que le produce pensar en su primer polvo…

Llanto, sollozo, palabras entrecortadas, y comienza a hablar:

–Me da vergüenza contarle esto, pero pasó, doctor (no sé por qué me dice así. Porque yo doctor no soy. Tal vez porque en aquí doctor se le dice a cualquier hijoputa. Verbigracia, dotor Uribe, dotor Arias, dotor Santos, dotor Ordóñez). Todo pasó para su desgracia.

–Dilo de una buena vez.

–Me tocó doctor, me hizo sentir sucio, me dijo que me daría caramelos y me engañó. ¡Perro maldito! Me bajó los pantalones, me quitó mis interiores, hurgó con su dedo mis entrañas, y ¿sabe qué fue lo peor de todo? Que al final no me dio nada, el muy truhán.

Fue la vez que Cesar, el ayudante del taller de enfrente, viéndolo absorto en la acera, en los juegos tontos de los doce años, le pidió ayuda para levantar la vieja llanta averiada de un viejo remolcador. Y como nada en esta vida se queda sin paga...

–¿Cuánto me darás si lo hago? Le dije con firmeza, doctor. Que tres caramelos grandes que tenía en el bolsillo, respondió con deliciosa –el adjetivo lo pongo yo– malicia sin que yo lo advirtiera.

¡Cómo negarse ante tal paga! No le importaron las caries que podrían producírsele con tal de degustar el dulce sabor de tres caramelos que se deshacían en la boca.

Lo único que pidió el de marras era que el niño le ayudara a rodar la llanta hasta el fondo del taller, despacio, despacio hasta que se fuera toda en el oscuro hueco. Y el pobre, ciego por tres caramelos, accedió.

–Ay muchachito, qué tienes en tu pantalón, le preguntó sin tardanza.

Y él, esforzándose por descubrir la mancha que robaba la impecabilidad de su atuendo afanosamente lavado a mano por su madre: no sé, no lo veo, con inocencia, respondió. Déjame y te limpio, amablemente se ofreció el otro.

–Sin imaginar su malévola intención dejé que me endulzara con su generosidad y deferencia (el último epíteto también es mío).

–Sacudió la tela con denuedo, y según él, el sucio no salió. Diose –otra vez corrompo la versión original por gustillos literarios– a la tarea de hacerlo con cuidado, rozándome la retaguardia para lograr su cometido. Que me quitara el pantalón, me pidió.

–¿Para qué? No es necesario, espetó afectando rudeza.

–Dame los caramelos que ya me apaño luego yo con mi madre.

–Pues fíjese doctor, que me bajó todo, me dijo que cómo era posible que fuese tan desconsiderado con ella, mi progenitora, que tantas horas había tardado blanqueando ese pantalón; que él tampoco quería problemas, que él no quería que ella le fuese a reclamar, y que por eso debía limpiarme. Y me ensució.

Una vez sin nada encima, me acaricio las asentaderas, me hizo examen de próstata con lo que no alcancé a ver ¿y todo para qué? Para nada, doctor. Porque no tenía ningún caramelo en su bolsillo y todo eso lo hacía para distraerme, para no pagarme, el desgraciado. Qué engaño tan bajo doctor, hirió mi dignidad, me dejó sucio, me hizo un examen no pedido, sin consulta y sin factura, y ¿todo para qué? Para no pagarme lo mío. Una vez terminó la auscultación de mis pudendas partes, me mandó afuera y me dijo que había olvidado en su casa los prometidos caramelos, que volviera mañana, que con seguridad los traería. Volví mañana, pasado mañana y también tres días después, pero siempre obraba del mismo modo para engatusarme y despacharme sin lo que me correspondía por haber ayudado a entrar la rueda hasta al fondo, fondo, del taller. Así pasó el miércoles, vino el jueves, llegó el viernes y por fin el sábado. Ese fue su último día de trabajo. Ya las vacaciones acababan y su regreso a la escuela politécnica era inminente.

El lunes pasó y luego el martes; cada día regresé decepcionado y cabizbajo a mi acera, doctor, deseando que me dieran lo prometido, pero este pendejo se burló de mí. Todavía anhelo que vuelva y cumpla su palabra y me dé los tres dedos de caramelos que me ofreció. Todavía doctor, espero en mis sueños, los tres dulces: uno de anular, otro de índice, y uno de pulgar.

* En la foto, de Flickr.com, un lugar que bien pudo haber sido el inquilinato.
** Para ver la primera parte de esta entrada: haga clic aquí.

viernes 15 de enero de 2010

La Quitamachos

Al amor cobarde…

Quien la ve tan bien portadita, bien puestecita, bien arregladita. Zapatitos rojos, y mediecitas, y guantecitos de raso y sombrerito aparente, bolsita de cordobán en la mano derecha, un abanico en la izquierda y el paso medido, comedido y cauteloso. Que nadie se le acerque, que esa mujer es un peligro. A mi amiga la Javiera, que en paz descanse –todo se va en esta vida- le quitó el marido.

Fue como sigue; me lo contó la pobre, muy desconsolada. Bueno, a mí no, que los niños no cuentan y esto desde los tiempos bíblicos. Pero sí se lo dijo a Fulvia, el menda presente, para perpetua memoria de la cosa.

Un día de verano como cualquier otro, vino a mi casa –la de Fulvia- tocó fuerte la puerta, se sacudió con un pañuelo la nariz y se apoltronó en la butaca que era de mi tío el mayor, Toribio con nombre de santo malo, que murió en las épocas de las calendas griegas, o sea, en el tiempo del mariscal Robledo, cuando no había carretera pavimentada que llegara hasta la plaza, sonaban todavía las campanas, palomas volaban sobre los aleros de las casas y se cagaban las paredes recién pintadas de la iglesia de Jesús Nazareno y Carmen Burgos aún no se paseaba con su manojo de galletas turcas por la calle del Carmen, pero de esto último ya hablé y aquí no repetimos. Pues bien, ahí mismo, en esa misma silla que era de quien les vengo contando, que vivió en la época que vengo contando, con la mirada perdida en el embaldosado del patio, paraíso de mil líquenes, la Javiera le contó a quien ya nombré, mi abuela, sus penas y yo, niño, vestido de azul, con camisola verde ópalo y tirantes índigos escuchando, amodorrado por el relente cálido de las tres:

Que aquello era de risitas que van y vienen, de te agarro la pancita, de una cosquillita por aquí y una bromita de doble sentido por allá; de ven te visito, amigo, a tu casa, ya fuiste a la feria, yo no, qué es ese olor a ajonjolí que me tiene mareada, no me dejarás en pena sin yo probarlo y de mira qué tomates más chulos parió el tomatero de mi jardín. Sin embargo, en descuidándose la Javiera un jueves, el bobo grande cayó en sus redes.

De Santa Fe, de donde la gente decente, esta mala pécora, mejor dicho, aquélla, de quien hablaba antes, o mejor dicho, después de que hablé de la Javiera, se lo llevó a Aguadas que es pueblo de putas, del Putas. Le puso casa y le dio un caballo con buen ronzal y buena silla dizque para que paseara en las tardes frescas, cuando el hojarasquín del monte no parece. Pero el quídam le salió muy flojo: no desyerbaba la entrada de la casa, que no eran tiempos de pavimento, ni se levantaba temprano, que era lo habitual, ni contestaba los rezos en los velorios, que eran frecuentes, que la chusma mataba a muchos. Hasta que se aburrió la muy matrera.

Al pueblo volvió él, volvió ella, volvieron, al poco tiempo, a implorar indulgencia. La Javiera absolvió a su hombre y a la otra le regó fama de casquivana. Así la bautizó Santa Fe, que no perdona, que nunca perdonó: “La Quitamachos”.

Ahora la veo pasar. Ahí va sola, por la calle. Ya soy muchacho y es mediodía. La observo menear el nalgatorio y, como usa faldas, se me encienden los malos pensamientos, los que me tienen la cara sembrada de mil volcanes que no deshollinan principitos. Dice Fulvia, que es mi abuela (última vez que lo digo): dejá de andar molestándote el cuerpo. La cara, será… Y yo me río y me voy, a seguir dándole al oficio preferido de todo adolescente.

Va sin sombrero, cabeza al viento, sin canas, por la calle desierta como mañana de enero, pero con las carnes aún duras y el movimiento alígero. Quitamachos, le digo entonces con odio en mi silencio, desde las profundidades de la oscuridad del mediodía, escondido detrás de la reja y el alféizar con chambrana elegante de la casa vieja. Quitamachos, le grito a pecho herido, en coro con la sociedad mía que censura la locura, su locura, la espontaneidad de los amores.

Quitamachos, Quitamachos y me enfrento con repugnancia a ella en mis fantasías, donde siempre gana y salgo yo vencido.

Al colegio me fui, después a la facultad y partí del pueblo, de la casa de Fulvia, de corredores frescos y ventanales amplios. A la susodicha no la volví a ver. Una hora se añadió a otra, un día a otro, una semana a otra, un mes a otro, un año a otro y envejecí.

¿Por qué ahora que estoy añoso y soy malo y te comprendo no vienes, Quitamachos, y me quitas tú a mí mismo? Los prejuicios de mi clase, los miedos de mi educación maleducada, los gritos que nunca grité y que ahora ahoga el llanto. Porque sí, Quitamachos, me moría de ganas por ti.

jueves 7 de enero de 2010

Se me va la vida.

Se me volvió la vida un volver a ser niña y usar la almilla veraniega que me tejió mi abuela; se me volvió la soledad una añoranza lacrimosa; el sueño es morriña de mis días y la vigilia una persecución constante de fantasmas por los bosques de niebla de las reminiscencias. Debe ser ya que estoy vieja y que vivo del recuerdo. Tal vez por eso no me reaccionan ya las piernas como antes. Todo me duele. El derroche de energía, de risas, de gracia, es cosa de otro tiempo. Mi sexo está cada vez más vencido, gris y arrugado. Canas blancas salen en mi pubis y pueblan cada vez más copiosamente la montaña donde otrora tantas veces rendí culto a la diosa Venus. Me arden los ojos, me duermo viendo la tele. Me tiro pedos con más frecuencia, aunque menos tóxicos, inodoros. Y tengo barriga, se me caen las tetas.

Cada vez viene menos gente al negocio. Ya no vivo de mis curvas, sino de las rentas. Me he vuelto colérica y en el vecindario ya son célebres las mis encarnizadas ojerizas contra el servicio postal y el eléctrico, contra el acueducto, la compañía de teléfonos y los periódicos.

Disfruto aquello cada vez ya menos y, con mayor celeridad, pasan los estertores del clímax; ya las carnes no se aprietan y mis jugos, cuando no sean asquerosas secreciones, se me han extinguido prácticamente. El único que viene es el viejo Froilo, mi Froilán querido que busca de vez en cuando consuelo en mi ajada anatomía.

¡Qué desgracia! Yo, la que unánimemente llamaban: «la más guapa», la chula de larga cabellera, la monísima del barrio, la grácil rapazuela del callejón de las Ánimas. Yo, que me trepaba sobre los cuerpos jóvenes a subir y bajar la escala de Jacob que lleva al cielo de mil estrellas. Yo, a quien la más perdida y puta de todas jamás igualara; la que durmió después de aleves batallas de amor con dentistas e ingenieros, carpinteros y albañiles, nacionales y extranjeros; con la fuerza pública una docena de veces, una con un cura monseñor y otra nada más y nada menos que con Su Excelencia el señor don ministro de las finanzas nacionales que me metía billetes vagina adentro, para sacarlos mojados y ponerlos a tostar –como decía él- sobre la mesa de noche donde permanecían hasta que, en efecto, se atiesaban y él se reía y luego me abrazaba enroscado, diciendo: «soy tu churumbel», y yo le perdonaba la pilatuna.

De eso, nada queda. Los de la fuerza pública unos se volvieron fieles, otros maricones; y los que siguieron visitándome, los fueron matando uno a uno desde que la violencia de los narcos se desató en el país. Al cura monseñor lo hicieron arcipreste y ahora pontifica en una iglesia muy grande, de columnas gruesas de mármol. Ya no se le para. El ministro y los demás, dejaron las andanzas y se volvieron monógamos, que la situación no está para jaleos.

Hoy, si acaso el viento levantino me alza la falda y estas manos viejas y tachosas que no son yo me la bajan, ya para que pueda sentarme a mear en el excusado, ya para ponerme el pijama largo de muselina vaporosa y rosada con el que duermo, cuando puedo y quiero y no me atormenta la conciencia y no me aturden los recuerdos y no hace estragos en mi garganta el jugo gástrico, ni se me sube la presión, ni me duele la cabeza, ni me entran reflujos, ni se me agudiza la dispepsia. Nada más.

Vivo sin hijos, ni madre. Aquéllos porque jamás los tuve, ésta porque me lanzó a la calle muy temprano y nunca más la busqué a la muy maldita. Y ya para qué si dicen que se murió.

Amores, hubo algunos. A todos los despaché. El cariño me resultaba empalagoso y distractor.

No es muy grande mi patrimonio. Me dará para terminar siendo una viejecita burguesa de esas que encierran en clínicas al cuidado de las monjas para que les den de comer y las limpien con agua por si se cagan los calzones.

La vejez es una espera. No se hace nada. Como ya no hay gracia, se derrocha el tiempo y se asesinan las horas, ora mirando a la calle desde el segundo piso adonde vivo, ora con la vista perdida en los nimbostratos allende los cuales los ángeles se sientan a tocar la cítara en el cielo al que nunca iré.

Así, mientras espero sola el día de mi muerte declaro una vez y otra y otra: no dejo herederos. Mis bienes, que se los coma el orín mohíno, después de que se dibuje en mi rostro el mohín extraño del rictus final.

Estoy sola para que nadie me vea cuando pase y si me ven, que volteen la cara, que pasen de largo, no sean chismosos. Que muera en soledad, que en soledad he nacido.

Quise ser mala, pecadora, pervertida, descarriada. Lo soy. Luché por conseguirlo y lo logré. Ahora que se me deje partir impenitente, amargada, roída por los años y por los yerros de tantas décadas.

Que todas mis propiedades se consuman poco a poco, que nadie las use. Es mi última voluntad para que esta ciudad de mierda recuerde por los siglos que aquí, adonde esto escribo, vivió una puta cabal, de las que se consagran a su oficio por vocación y porque simple y llanamente les rasca el culo, que eso es también posible en la humana geografía.

jueves 31 de diciembre de 2009

¡He vuelto!


Ven otra vez y tómame
amada sensación retorna y tómame
cuando la memoria del cuerpo se despierta
y un antiguo deseo recorre la sangre;
cuando los labios y la piel recuerdan

y las manos sienten que aún tocan.
Ven otra vez y tómame en la noche,

cuando los labios y la piel recuerdan.
Kavafis.

Que se enciendan los motores, que he decidido volver, dije, Paris en arrière.

Se encendieron y empecé a surcar las nubes color de armiño, color de muerto. Volvía adonde siempre: a Colombia, la de las montañas, el país de las palmeras.

Cerré los ojos y concilié el sueño sobre el trasfondo de la mar océana sobre la que volaba raudo el bólido color índigo y blanco que me transportaba.

Cuando desperté, el mar azul más que el cielo, cedió su imperio a los golfos, las ensenadas y las penínsulas que conocía desde los años ya lejanos de la escuela primaria. Morrosquillo y Maracaibo, Barú y La Guajira: iba repasando cada accidente costanero, mientras me adentraba en la selva espesa de mis antepasados.

Y aparecieron en lontananza una casita y otra y otra, que yo divisaba con embeleso desde la estrechez de la ventanilla. Eran casitas de pobres, de campesinos, cuyos carrillos rubicundos rememoraban a mi abuelo, terco y voluntarioso como aquéllos y rezongón como dos no hay sobre la faz del mundo. ¿Cuál de todos los rimeros de construcciones será Santa Fe la vieja y cuál San Jerónimo aquende el Cauca? ¿Dónde los abrevaderos y el arroyito juguetón que baja del cerro y la casona de los corredores de la Puerta de la Almagra?, me preguntaba. Y se me mezclaban en el alma los recuerdos lacrimosos, anastomosis perfecta de mi ser con el paisaje amplio, donde un río bravo y amarillo, enfurecido, descollaba undívago por entre las cañadas empinadas de un verde encendido, profundo, triste y vespertino.

Sólo un poco más y aparecieron, como por brujeril azar, miles de argentados plásticos. Eran los invernaderos de flores que rodean a la capital; los mismos que había dejado y encontraba ahora intactos. Así, ardiente el corazón, obcecado el limpio brillo de la razón y alelados los ojos en el paroxismo de la emoción, empezó el descenso.

Poco después estaba ya en Bogotá, la sucia, la fea, la ladrona; encerrado de nuevo, presa de indecibles miedos y viendo la caer la lluvia cicatera que caía no cayendo, sin otro afán distinto al de mojar mis maletas, como diciéndome con iniquidad: estás de nuevo aquí y eres mío.

Así era, en efecto. La ciudad me absorbía como absorbían al taxi en que iba, las avenidas y sus vericuetos, sus puentes y señales. Adentro, el viento helado entraba por mis narices y penetraba en lo hondo mis pulmones; afuera, gotitas de agüita clara se despeñaban con vertiginoso ritmo sobre el cristal de la carrocería adelante, atrás, a derecha e izquierda. «Titilar de cocuyos que van dejando impresión de mechuzos agonizando, chubasco que en la noche va despertando, va despertando de su sueño al lucero madrugador», canturreaba el estéreo y su canturrear y la lluvia conspiraban contra mí.

¡Llegué!, ¡volví!, dije con la fuerza de los pretéritos que, simples, salían perfectos de mi aparato fonador con la emoción que me embargaba el alma, como si todo se perdiera en un ayer oscuro y no existiera más que el presente al que mis pies descalzos, una vez en mi alcoba, se aferraban con igual fuerza que a la tierra fría.

Entonces, apagué la luz, abrí la ventana, levanté los ojos hacia el cielo sin estrellas y, lentamente, los fui bajando para pasar revista a las montañas, a las luces de la lejanía, a los huecos de mi calle, a los techos de las casas, al tanque elevado del vecino, el que tiene por si se va el agua, que no se va hace meses; a la ventana de la chica de enfrente de nombre desconocido y escurridas nalgas, pobrecita, pobrecita; a la de su hermano, tunante y adicto al porno: abur, abur, a dormir muchacho; y al pasante errante que, las manos en la americana, arrastraba sus pies beodos sobre el asfalto acuoso, recién llovido, recién anochecido: vete a casa bohemio que la madrugada será fría. Se fue, se fueron todos, se hundieron en el vacío y sobrevinieron el silencio, que se parece a la misma muerte y yo mismo, traído desde la hondura de las sombras por mil fantasmas.

Aquí estaba de nuevo, aquí estoy. Y grité: soy yo, ¿me recuerdas?, ¿me recuerdan?, ¿me recordáis? Pero no hubo respuesta. Silencio y más silencio hasta que me dormí.

miércoles 3 de junio de 2009

El peregrino detrás del Peregrino.

En la foto: las manos escribientes del Peregrino. «Es todo mi sentir un desconcierto;
un fuego el alma, la mirada un río;
de pronto espero, al punto desconfío;
ora divago, de repente acierto».

Camoens.

Los Opúsculos de un Peregrino cumplen un año en la blogósfera. Por accidente, el 3 de junio de 2008, nacieron en un café Internet en el número 4-25 tal vez, de la calle de la Factoría en Cartagena de Indias pero se crió en la de San Miguel del Príncipe en Bogotá.
Para celebrarlo, para cantarme a mí mismo como Whitman, he decidido tomar algunas frases de viejas entradas e irlas recopilando, modificándolas. Seguro estoy de que mis lectores habituales no las leyeron, pues, este espacio, en su infancia modesta y apacible, apenas y contaba con visitantes. Fue Yara quien me enseñó el arte y los trucos y hoy hasta un buen lugar tengo en el ranking.
Pero, antes de empezar, debo reconocer que este espacio, ha significado para mí encontrar gente maravillosa en el camino, amigos venidos de los cuatro puntos cardinales: de las montañas andinas, de la Antioquia de la que intento desasirme, de la gamberra capital colombiana, de las pampas del sur, del Río de la Plata de aguas amarillas, de la Argentina toda, del cosmopolita Madrid, de las tierras místicas del Al-Ándalus, de los más diversos rincones de la península, de los territoires de glace de Voltaire, que son el Canadá, del Méjico de bravías águilas y más bravos aún desiertos, del Perú de los Incas, del Paraguay que grita en guaraní sus penas, del Chile austral y metálico que cantara Neruda, de la Cuba cubana y altiva de nictálopes y andenes desvencijados adonde ya no llega el tren ni pasa más García Lorca, de la República Dominicana de mulatos lúbricos y sonrientes, y de muchos otros lugares…
A todos les diré como el primer día, como en la primera entrada: que este es mi blog –mon petit recoin, la dimora di alcuni dei mei pensieri- que lo escribo desde un país de palmeras y ventiscas, de risa y desencanto.
Bienvenido anónimo navegante. Bienvenidos curiosos todos. Bienvenidos lectores desocupados. Bienvenidos amigos y enemigos ávidos de saber, de lectura, de palabras. Bienvenidos a mi reino. Dejadme correr ante vosotros el velo de mi ser...
¿Quién es el peregrino detrás del Peregrino?
Para empezar, nací junto a unas palmeras muy cerca del mar de los caribes, del olvido. Una tarde, en medio de soles y calores insoportables, me abrí paso por la núbil vagina de mi madre para, desafiante, abrir los ojos y volverlos pronto a cerrar: estaba mortecino. Un mes después me desahuciaron. Pero, la vida y su malquerencia fueron más fuertes. Sobreviví. Crecí. Aquí y allá. Sin muchas cosas aunque con muchos sueños y con terribles ansias de ser libre, de ser pájaro que vuela, de ser mariposa o manzano como suspiraba Neruda y fantasma que se cuela por las rendijas, que vuelve a entrarse por la ventana, que se cuela por una rendija del rosetón y que sobrevuela el cuarto de la memoria disfrazado de recuerdo.
Vivía encerrado y los cuidados médicos se redoblaban. Fue entonces cuando aprendí a husmear los libros, sin saber siquiera leerlos.
Un día, sobre el gran atlas de mi padre, montado en mi Wolkswagen miniatura (el mejor regalo de Reyes que jamás tuve) empecé a recorrer el Oriente y Europa; pasaba el Bósforo de un salto, bajaba al Peloponeso y luego, haciendo trampas, bordeaba el Adriático, cruzaba el Po, daba un giro sobre Lucerna arrastrando castillos y me encaminaba hacia los Pirineos.
Creo que fue en esa época cuando aprendí de memoria los ríos de España y las ciudades por donde pasaba el Guadalquivir: el Tajo, el Duero, el Ebro, Sanlúcar, Andújar, Sevilla, Córdoba.
Luego, conseguí un barco, por mi cumpleaños, emprendí la expedición y, Danubio adentro, me perdía en la Dacia misteriosa. A lo lejos quedaba Transilvania, recóndita y espeluznante.
Haciendo trampas, como siempre, salía del embrollo: en la Selva Negra traía mi Wolskwagen y lo hacía caer del cielo; montaba el barco encima y, a las puertas del Rin, lo hacía desaparecer de nuevo. Rodando, rodando, terminaba mis fantasías en los Países Bajos y me iba a cenar.
Tal que Mafalda, detestaba las sopas. Cremas de verduras, de cebollas, de carne fresca, de gallinas, de plátanos; ninguna me placía.
Cuando llovía salía a la ventana como a contar las gotas. Creo que fue la lluvia la que me enseñó lo que es la melancolía.
Al anochecer, muy temprano, decía mis oraciones y me dormía, al ritmo de los padrenuestros. «Ángel de mi guarda, mi dulce compañía»…y se apagaban mis ojos inquietos.
Should my early life seem, (as well it might) a dream, dice Poe. Pero, pasé por mi niñez a gran velocidad. Muy precoz, como siempre, salí pronto del regazo materno, del calor del hogar. Me eduqué en un colegio al cuidado de los clérigos de san...
Mientras mi viejo atlas, olvidado, se consumía en la humedad y el moho, yo volaba con Verne, con García Márquez, con Flaubert, con Unamuno. Dostoievski me enseñó la mezquindad del corazón y Camus la gratuidad del mundo; con Nietzsche vi su locura y con Kierkegaard su brevedad. Platón me enseñó a amar la poesía y Aristóteles a odiar a Dios. Con el Aquinate descubrí el latín de los antiguos y con Malebranche el francés de Molière. Agustín me hizo recuperar la fe ardiente de la niñez y Marx sus inconsistencias. Así pasé mis mejores años: leyendo. Leía sin prudencia, sin prevenciones. A decir verdad, nunca he arado la tierra ni buscado nidos (es de Sartre. Cito de memoria), nunca hice un herbario ni tiré piedras a los pájaros. Pero, los libros fueron mis pájaros y mis nidos, mi herbario y mi campo, la biblioteca era el mundo encerrado en un estante. Platónico por naturaleza, fui del saber a su objeto, me parecía que la idea tenía más realidad que la cosa. C'est dans les livres que j'ai rencontré l'univers.
Después, pasando el tiempo, terminé mi camino en la vieja Santa Fe, de esmog frío y viento de montaña. Me enamoré de la sórdida carrera décima, de la alcurnia capitalina de manos de niña española, me desterré a una ciudad cuyos rostros y gente van de prisa. Y se me quedó prendado el corazón en los oquedales de sus cerros, en sus putas y sus maricas. Por eso, a veces me hace falta La Candelaria vieja en donde siempre se encuentra una historia, la elegancia inglesa de Teusaquillo y el Chapinero ruidoso y noctámbulo. Pienso en el lejano Fontibón con sus charcos, en la Suba de calles estrechas, de barrios deprimidos y de rubicundas mejillas infantinas. Repaso el norte opulento, el sur olvidado, sus rostros tristes, casi sin esperanza. Ciudad de todos, tierra de nadie, lloro su soledad, sus mañanas de sol espléndido, sus tardes bajo la lluvia que empaña las ventanas antiguas, el hormigueo de sus quincalleros…
Creo que por mis condiciones personales, por tener una mente tan inquieta, y luego por haber podido establecer contactos desde que era niño con gente y maneras extranjeras, siempre me mantuve un poco a distancia –lo digo humildemente- de los gustos, palabras y hábitos del lumpen. Me siento a veces –más en este destierro- como distinto y lejano, algo así como un predestinado. Acaso una nueva Juana de Arco, llamado a una gran misión. Yo también oigo voces. Como dice el poeta, «voces que anuncian: ahí vienen tus angustias. Voces quebradas: pasaron ya tus días. Son fantasmas, una multitud de fantasmas ebrios».
Mi mente es inquieta, deseosa de conocer: es un ardor encendido, sed que a veces siento de todos los versos, ansias de conocerlo todo.
Cuando la masa ignara y amorfa prefiere exaltar el nacionalismo mostrando las bondades innegables de nuestra tierra y de nuestra gente, yo prefiero cultivar una sana autocrítica. Soy, en realidad un antipatriota. Tal vez es que, si queremos mejorar, como decía David Sánchez Juliao, debemos ser implacables con nosotros mismos, reconocer que hemos terminado siendo mediocres y que estamos muy lejos y muy por debajo de los grandes ejemplos de hidalguía, sacrificio y audacia de muchos de los que nos han precedido en esta Historia mal escrita, campo en ruinas.
Detesto la complacencia dulzona y el patriotismo masturbador y narcisista. El nacionalismo, como a Camilo José Cela, se me curó viajando.
Me río de la procacidad literaria, la disfruto; y sin embargo, creo en el respeto, la compasión, la solidaridad. Soy una especie de Marx y Nietzsche reunidos. En mística un Eckhart, en estética un Céline; en gustos, un heterodoxo relapso. Tan humilde como Moisés, tan egotista como De Gaulle. Tan mierda y tan nada de lo anterior como todos ellos.
Respecto a la gente de mi raza estoy lleno de pecados inauditos. Cuando mis ancestros, sedientos de oro, se establecieron cerca del mar, se creyeron condenados a morir allí para siempre. Creo que de indias livianas que cedieron al lúbrico conquistador, que aprendió a vivir perdido entre las ciénagas, vio la luz la pobre y zarrapastrosa progenie de mi padre. Más tarde, de las generaciones que se pierden en el tiempo espectral nació mi madre sin la casta ni la alcurnia de sus predecesores, todos peninsulares. Así fue pasando el tiempo y fueron atropellándose las horas los días y las edades hasta que aparecí yo, el hijo de esta historia espuria. De entre los míos, me siento a veces como el más avezado en esto de la gloria y el honor de los hombres, cosa que me ha traído no pocos contratiempos que no merecen ser recordados sino contados, pues contar un dolor es acaso consolarlo, como bien dijo Eça de Queirós (las referencias, os las quedo debiendo. Buscadlas en algún recodo viscoso de mi occipucio, si es que la memoria, por ventura, se aloja allí).
En un mundo que tiende a la homogeneidad, algo en mí insiste en hacer la diferencia. Me duelen los hombres, mis hermanos. Me duele el mundo y su miseria. Me duele, por ejemplo, me duele inmensamente África…
La vida me ha ido cambiando, afanosa y veloz. Un día, sin darme cuenta, descubriré que estoy viejo de veras y que aún no llego a ninguna parte. A eso me condena esta existencia impuesta: a la sensación angustiante y angustiosa de estar y sentirme siempre en camino. Camino y camino y el horizonte sigue estando igual, intacto delante de mis ojos como el primer día. No hay tal vez otra salida, sino amar el viaje y disfrutar del vértigo de la ruta. Quizá al final, cuando caiga agotado y exánime de mi viaje, unas manos más grandes me recogerán y me harán descansar para siempre. Mientras tanto, vivo de la apuesta como Pascal.
La vida, poco a poco me ha ido mostrando, hablando de sus penas, de sus amores perdidos, rotos, venidos a menos. Después de las peleas que he debido librar hasta ahora, creo haber terminado por renunciar a la fe en el amor y casi prefiero la comodidad de las conquistas furtivas. A estas alturas del partido, veo con claridad que lo humano fenece y que, como dijo Borges, «ser inmortal es baladí».
No obstante no tengo otro camino que seguir soñando y aspirando a lo más grande para seguir sintiendo que estoy vivo, pues, los sueños me hacen despertar, dejar la inercia y moverme por impulso propio. «El aburrimiento es algo semejante al polvo. Vamos y venimos sin verlo, respirándolo, comiéndolo, bebiéndolo. Sin embargo, basta detenerse unos instantes para que recubra el rostro, el cuerpo, las manos», escribe en su diario el curé de campagne. Por eso yo, también como Bernanos concluyo: «hay que moverse [¡debo moverme!] sin cesar».
Gracias, gracias, grazie, merci, thank you.

viernes 22 de mayo de 2009

Genealogía de un puto.

«Por eso no levanto mi voz, viejo Walt Whitman,
contra el niño que escribe nombre de niña en su almohada,
ni contra el muchacho que se viste de novia en la oscuridad del ropero,
ni contra los solitarios de los casinos que beben con asco el agua de la prostitución,
ni contra los hombres de mirada verde que aman al hombre y queman sus labios en silencio».
F. García Lorca.

-Ay don Álvaro, ¡cómo nos ha cambiado la vida! Ahora que estamos medio borrachos y que, bajo el efecto de las cervezas, se me está soltando la lengua, le voy a contar una historia:

Qué de cosas, don Álvaro, las que me ha tocado oír desde que nos recibimos de la universidad y dejé atrás la Antioquia tosca y hombruna de mis montañas a la que nunca más he vuelto...

Pobre como soy, en la gran ciudad me ha tocado hacer de todo.

Adiós tibio viento y tibias noches, adiós vida apacible de Santa Fe, adiós Medellín de lloviznas y de mojadas, de Silvia y de yerbas.

Fíjese que algún tiempo ha, por ejemplo, trabajaba como consejero de estudiantes en el departamento de asesoría psicológica de una escuela secundaria en algún sector de esta Bogotá, gamberra como las crónicas que por perezoso (y por andar concentrado en obritas de Eco, lejanas de su mundo) nunca leyó Ud., canijo.

Debía dirigir con los alumnos del último curso un taller de reflexión sobre el «don maravilloso» de la sexualidad. Me apercibí de lo necesario y elaboré un bosquejo que creo que debió revisar hasta el arzobispo, tal vez porque un contenido de tan alta «peligrosidad» debía pasar por la lupa de mil censores (con razón se lamentaba Fernando González Ochoa, nuestro viejito de Otraparte del Envigado del Javi, en su Viaje a Pie: «¡pobre país, país de miseria, […] sin rumbo y sin conciencia aún! ¡Pobre país en que son condóminos el Cura, el Bachiller y el Diablo!». Esto último lo pensé, pero, afortunadamente don Álvaro no lee los pensamientos como Zola, ni cuenta las gotas de sudor que caen de la frente de Raskólnikov como Dostoievski).

En fin, después de todos los ajustes necesarios (corte esto, agregue aquello, no diga esto, esto no es necesario, este contenido no es relevante para adolescentes, etcétera), pude hacer mi taller, que, a la larga, resultó ser una maravillosa jornada de reflexión y de maduración personal tanto para mí como para los chicos.

Y ya mejor no le cuento más, don Álvaro, mejor escribo y luego venga y lea, tolle et lege, como le dijo el diablo al de Hipona (que no era de Hipona sino de Tagaste, que no era de Tagaste sino de la mujer que despidió en Milán, que no era de Milán sino de su puta madre que según dicen, no me consta, era una santa):

Era el jueves o el viernes de un octubre por la tarde y los estudiantes, en la soltura de su adolescencia, abrieron su intimidad y festejaron alborozados lo que para ellos fue un arrebato de inusitada sinceridad. Hubo risas, abrazos y lágrimas cursis.

Dejemos ahí don Álvaro. Mejor le sigo contando de viva voz:

-Lorenzo, la loquita del grupo (las amigas hasta le decían Lola y cantaba: «…la que camina sola por Barcelona buscando follón». Esto lo estoy pensando, pero no se lo digo al de marras), el bailarín estrella en el grupo de danzas de la escuela, el del pearcing sobre la ceja izquierda, la piel pálida y el pelo castaño con un par de mechas blondas, siempre tiesas bajo el efecto de la gomina, le contó a todos lo que ya sabíamos: que era gay. Como cuando Uribe –el acondroplásico doctor Varito– que hoy amaneció con una «encrucijada en el alma» (menos mal que no en el culo), nos diga, al fin, que quiere hacerse reelegir. La gente cree que uno es güevón, ¿cierto?

Sin embargo, la seguridad de la Lola y la naturalidad de su discurso provocaron algo que muy pocos esperábamos: Pipe, un mozalbete de diecisiete años, atlético, de barba incipiente y una docena de barros en el rostro, también quiso contar su secreto frente a la mirada atónita de sus compañeros y, sobre todo, de las chicas.

¡Qué liberales se nos han vuelto los muchachos! ¿Verdad, don Álvaro? Ud. debe sentirse en su salsa en estos tiempos. Y abro paréntesis para que el lector entienda, porque generalmente es tonto y olvidadizo: don Álvaro es un marica Summa Cum Laude de Medellín, que en mi serie Las Cartas de Ripol se estaba muriendo (de SIDA no, no sea malpensado), eso creo. Bueno, al menos está todavía vivo para mí y para Martincito, el hijo de Silvia que no le diré quién es porque no quiero remover ese pantano turbio de mis recuerdos.

Pero volvamos adonde nos encontrábamos: a la mesita de las cervezas, donde estoy borracho y se me está soltando la lengua y don Álvaro, beodo, pestañea despacio, despacio y se está durmiendo.

Pero como esto es literatura, juego con el tiempo y mejor regreso atrás:

El tiempo pasó (en el pasado, porque estoy jugando con él, ya lo dije) y terminé renunciando a ese empleo (ay hombre, ¿cómo que a cuál? ¡al de consejero estudiantil! ¡Concentrate! Y no, no se me olvidó la tilde; es que en Antioquia voseamos y hacemos de una esdrújula una paroxítona porque sentimos al castellano tan nuestro como lo siente la RAE).

No volvieron las tardes de formación y crecimiento personal (las volvieron retiros espirituales de un fin de semana en la casa de unas monjas).

No contaré las causas de mi renuncia, aunque, según lo que he dicho cuatro párrafos más arriba, el lector perspicaz (ahora le llamo así después de haberle dicho tonto porque esta es mi historia y hago en ella lo que me da la gana) podrá colegirlas fácilmente. Los chicos se graduaron y, con mi salida, perdí con ellos todo contacto.

El tiempo volvió a pasar y una noche me encontré con Pipe (el mes pasado, a decir verdad).

Estaba muy cambiado, don Álvaro. Si lo viera: ya no tiene barros en la cara y sus carrillos lucen adornados con una barba copiosa, afeitada cuidadosamente siguiendo caprichosa forma. Su peinado descuidado no le iba mal y debía tener ya unos veinte o veintiún años. Apenas como para Ud. don Álvaro (se está riendo. Parece que se acaba de despertar).

Fue en Terraza Pasteur, uno de los sitios de ligue gay más concurridos y tradicionales de la capital colombiana.

-¡Good evening monsieur!, gritó en pésimo ‘fran-glés’, con entusiasmo, Pipe, como para demostrarme con su chicana que estaba aprendiendo otra lengua.

Yo me volví y sin reconocerle le respondí fríamente: buenas.

-¡Soy Pipe, doctor! ¿No me recuerda? (no sé por qué diablos me dice ahora ‘doctor’. Será para insultarme, porque en Colombia doctor se le dice a cualquier hijueputa, verbigracia, al Doctor Varito).

-¡Muchacho!, dije, pero qué cambiado estás. ¿Qué hacés?

-Espero a alguien, respondió.

Tardé poco en comprender, don Álvaro, que ‘alguien’ se había vuelto una palabra habitual en sus labios. ‘Alguien’ designaba los más diversos tipos de personas. ‘Alguien’ podían ser Luis, Mateo, Felipe, Jorge, Fernando, Eduardo, Esteban, Jairo o Ricardo. Pipe les acompañaba, les daba un rato de placer, se daba a sí mismo un rato de placer y regresaba muy tarde al piso que había rentado en Santa Isabel, en donde vivía solo. Le gustaba lo que hacía, tomaba precauciones y lo disfrutaba mucho. Había aprendido mil formas de amar y se sentía afortunado de pensar que mientras el trabajo suponía para muchos grandes esfuerzos y fatigas, para él resultaba algo tan placentero y muelle.

Entre todos sus ‘alguien’, su preferido era Eduardo. Lo vi ese día, justo antes de despedirme de Pipe, cuando ya en el pocillo no quedaba sino el poso del café, pues lo había invitado a tomar uno. Era joven y algo apuesto, hasta se parece al Javi, don Álvaro.

Tenía indumentaria de ejecutivo, más o menos 31 de edad, estaba casado y tenía un bebé de dos años (esto me lo contó Pipe ayer, cuando lo volví a ver y decidí escribir su historia que luego, en el barcito del Chorro de Quevedo, que es un sitio para marihuanos y pasotas, le estoy contando a don Álvaro).

Se veían una vez por semana. Eduardo parecía quererlo. Lo buscaba, le hacía regalos y le trataba con una ternura que conmovía y dejaba ver el drama de su corazón dividido y de su vida de fachada. Pero, Pipe era (en pretérito imperfecto porque todo lo que tiene que ver con el corazón debe conjugarse en este tiempo) incapaz de amar. De Eduardo no le interesaba más que la firmeza de su torso, el tono glauco de sus ojos, el color rojizo de su cabello, esa elegancia hierática de sus ademanes, el fino acento con el que hablaba y el leve olor a nicotina de su aliento.

Desde la noche en que me lo encontré al pasar por Terraza Pasteur, Pipe fue poco a poco contándome su vida en un sitio y otro, que yo he recreado en mi mente de mil maneras, buscándole, sin poder esto hacer, una explicación.

Según entiendo, don Álvaro, todo empezó en el barrio de casitas iguales donde pasó su infancia. Pero, mejor deme un papel, que voy a escribir de nuevo. No me interrumpa más:

Bajo el cielo despejado de un enero travieso, que dejaba ver claramente el sol de la tarde capitalina, perdido tras los cirros lejanos y erráticos de algodón indiscreto, mientras suaves vientos alisios hacían tremolar las hojas de los nogales cercanos, en el taller sucio, en medio de la vulgaridad cotidiana de la vida de las barriadas, entre los gritos de los mercachifles y la rudeza de los menestrales, Pipe descubrió el amor; sí, del modo más heterodoxo y tierno posible.

Ahora, que César se ha ido y que pasa el tiempo y que él no vuelve, Pipe lo recuerda mientras se le nubla la voz y el timbre de su acento me deja entrever la profunda nostalgia que le produce pensar en su primer polvo…

Continuará.

lunes 4 de mayo de 2009

Carmen Burgos o el porqué de las tetas.

Por la calle de las Flores, por la de San Antonio, por la del Carmen, por la del Comercio; con el viento, al ritmo del viento, al compás del viento, sin el viento, iba Carmen Burgos moviendo las nalgas, la pollera, el pelo largo, ondulado y negro.

Ayer me dijeron que se había muerto y desde entonces una melancolía porosa se me ha instalado en el costado izquierdo del alma para jugar con mis demonios y hacer fiesta con mis recuerdos.

«L’amour est un oiseau rebelle qui nul ne peut apprivoiser» se oía a lo lejos. Era Carmen, la de Verdi, que por feliz ventura sonaba mientras la voz en el auricular decía que la otra Carmen, la mía, se había ido a trenzar nubes de armiño en el cielo de los arcángeles.

Entonces, mientras dejaba caer mi cuerpo sobre la poltrona, abrumado por la impresión, me fui con la mente a buscar a la muerta…

La calle amplia no te basta, el sol que impacta el empedrado te ilumina la cara, las palmeras, estremecidas por la brisa, se inclinan a tu paso y tú te meneas con un manojo de galletas turcas.

Si te despeinas, Carmencita vuelves a arreglarte el pelo, tranzando un peine de carey por entre las hirsutas hebras; si se te cae la flor que llevas sobre la oreja, en señorial gesto te agachas, Carmencita, a recogerla; si se cruza en tu camino un conocido, te aprestas a saludarlo con un ademán sincero y una mueca graciosa sobre tu cara; si es mi abuelo el que pasa, lo miras a los ojos, Carmencita, sonríes coqueta, y te vas sacudiendo el abanico que tu difunto marido te trajo del puerto de Fuerteventura antes de regresar a América.

Es mediodía Carmencita y he vuelto a ser niño, y he vuelto a correr por el zaguán despejado y fresco de tu casa y he vuelto a usar pantalón corto y tirantes con camisola azul y he vuelto a contemplar como aquella vez, la primera, tu desnudez intensa.

¡Pum! Sonó la puerta que abrió mi curiosidad inocente e indiscreta.

Ahí estaba Carmen Burgos −homónima dignísima de la Colombine andaluza− despojada de todos sus vestidos, a culo pajarero, en el esplendor de la voluptuosidad de sus carnes, con los muslos húmedos y una botella de agua de Colonia en las manos.

«¡Ay niño, tené cuidado! ¿No ves que me estoy vistiendo? Andá al patio a jugar», exclamó, preguntó y ordenó con voz apacible.

Me parece estarla oyendo con total naturalidad y desparpajo…

No se preocupó Carmen Burgos en tapar su desvergüenza: sus tetas flácidas de pezones rosados, sus muslos pálidos que jamás el sol bañó, su sexo peludo, canción de amor a la selva que bordea la ciénaga en su pueblo de San Jerónimo, la oquedad redonda de su ombligo en la mitad de un generoso vientre y su cuello chorreado del agua fresca que caía de su negra cabellera como formando límpidos arroyuelos que, en hilos de líquido incoloro, se despeñaban raudos bajo el impulso de la gravedad hacia su ombligo.
El niño que fui y ya no soy más, quedose petrificado ante la puerta de roble oscuro con arabescos que se había abierto, reveladora. Ahora, ya grande y pervertido, soy un fantasma que vuelve a entrarse por la ventana, que se cuela por una rendija del rosetón y que sobrevuela el cuarto disfrazado de recordación.
¿Qué ve? Un cuerpecito de nueve años ante la inmensidad de un corpazo de cincuenta y siete: lo que resta, bajo forma de espectro mental, de una gorda desvestida ante las hormonas nacientes de un niño y una consecuente furia voyeurista desatada.
¡Pum!, ¡pum! Se abrían las puertas, volaban las toallas y corrían las mujeres.

Por culpa de una gorda desnuda, un ojo espiaba desde entonces sin cesar el baño de las damas, el vestidor de las señoritas, el camerino de las bailarinas de la calle Artigas. Ese ojo pronto fue también un cuerpo que aprendió a desvestirse ante un espejo, a la hora de la siesta, con el espíritu ebrio de recuerdos para comenzar sus primeras liturgias pueriles de adoración al dios Príapo. Y por las noches, cuando la luz se extinguía, un fuego pudendo encendido le quitaba el sueño. Sobaba entonces con inocencia el pico enhiesto de la montaña de la diosa Venus de tela hueca hasta hacer explotar el volcán ígneo de su pasión. Entonces, mientras un río de lava verduzca se lanzaba por el norte hacia su abdomen y se precipitaba por el sur hasta los muslos, una humedad viscosa empapaba el pijama y minúsculas gotas de sudor salado le brillaban sobre la frente.

Dime Carmencita, ¿por qué me querías tanto? ¿Por qué en tu jardín intocable me dejabas inventar castillos? ¿Por qué me preferías a tu ahijada, la muy noble María del Pilar? Pero, sobre todo dime ¿para qué te servían las tetas, tú que jamás pariste?

Sí, sí, dime, dime, viento, dime, silencio, dime ¿por qué hay tetas? ¿Por qué esa obsesión mía con ellas? Debe ser que, en algún lugar, guardo una especie de nostalgia mamífera y originaria, un sentirme niño que chupa los jugos de su núbil madre, reyezuelo del mundo.

Veo un corpiño abultado, Carmencita y, sintiendo ganas de tocarlo, te recuerdo. Hablando de las tetas, Carmencita, haylas con pezones rosados, foscos o decididamente negros. Haylas largas, redondeadas, ovaladas, grandes o pequeñas. Haylas complacientes y espontáneas y dengues y remilgadas. Haylas insípidas y haylas salobres. Te lo digo porque de todas las variedades me ha dado ha probar, a tocar, el Creador.

Pero antes de que se me olvide, Carmencita, te preguntaré algo más y espero que te acuerdes. Porque lo que soy yo, no he olvidado las visitas de mi abuelo a tu casa en las que a él le ofrecías vino de consagrar y a mí bizcochitos de Siria…

Ahora Carmencita que el viejo Froilán y tú están muertos, respóndeme sin sonrojarte: ¿lo querías?

No, no te rías Carmen Burgos viuda de Aycardi, Carmencita del alma, de mis recuerdos, que te estoy hablando en serio. De todos modos, debo confesarte que, devorado por la impaciencia, yo no recuerdo haber alcanzado una semana en la espera de la consumación de un amor.

Por eso, dime, guapa, ¿cómo le hiciste para aguantarte las ganas? Porque estoy seguro de que nunca te concediste la más mínima licencia; era como si quisieras borrar, sin saberlo, la fama de esa homónima tuya, española ella y muy liberal y casquivana que tuvo como amante a Gómez de la Serna, el de las greguerías salerosas que leí antes de que te murieras, cuando estaba lejos y no tenía tiempo para recordarte. Dime, que yo, por defecto de mi generación, no puedo, en la fiebre de mi inmediatez, guardarme casto como tú, como mi abuelo, el viejo fiel y monógamo de mi infancia.

Quedó Carmen Burgos viuda muy joven, antes de que yo naciera. Sin hijos, sin consorte, no tenía sino la vieja casa que heredó de su marido y una parcela junto al río que la administraba un bobo llamado Rogelio con graves taras en el habla y la escucha y, hasta donde sé, familiar en cuarto grado de consanguinidad de su marido. Allá me iba a jugar yo o a bañar en un pozo durante los días de calor.

La última vez que la vi fue a los catorce, entrando al colegio de Villa Débora. Iba a arreglar algún asunto de alguna ahijada con alguna de las encargadas de las normalistas en esa época. Luego me fui lejos y a su recuerdo lo cubrió el olvido, las preocupaciones, la sorna del tiempo, la inercia de la vida.

Hoy que te recuerdo, que sueño contigo, Carmencita, escribo esto para eterna memoria de la primera mujer que vi (cuando ver es no es sólo la aparición trivial de alguien en el campo de la percepción sino, como diría Sartre, la fuga permanente de las cosas hacia un término que capto a cierta distancia de mí y que me escapa en tanto que despliega en torno suyo sus propias distancias); la primera mujer que vi desnuda, tú.
La foto muestra el afiche promocional de la recomendada obra 'Gorda', de Neil La Bute, en función actualmente en el Teatro Nacional (Calle 95 # 47 – 15 barrio La Castellana, Bogotá D.C. Colombia). Dirigida por Mario Morgan y protagonizada por Constanza Hernández y Fabián Mendoza. http://www.teatronacional.com.co/

lunes 27 de abril de 2009

De premios posibles y otros demonios.

−Buenos días don Álvaro.
...
−Yo, muy bien. ¿Usted qué tal?
...
−No falta gavilla a la guadaña, ni guadaña al segador.
...
−No crea usted, don Álvaro. No han sido días de pocas letras. Simplemente, no tengo que publicar todo lo escribo.

−Sí, había un par de textos.

−Se los han llevado, después de cinematográfico atraco, dos camajanes jóvenes de gorras azules (uno pelirrojo con profusas pecas sobre sus carrillos) y chaquetas prêt-à-porter (esto es por si los ve).

−¿Cómo más, don Álvaro? Corriendo, respirando con fuerza, como tocados de soroche.

−No, no pasó nada. Subieron la cuesta de La Perseverancia, un barrio de Bogotá que se confunde con el cielo de nubes blancuzcas y, en maja chabola, se encerraron las mansas palomitas a repartir el decepcionante botín: libros que no han leído ni leerán.

−Pero cambiando de tema, don Álvaro, fíjese que he tenido la dicha de que alguien escribiera algo dedicado a mí.

−Sí, claro. ¿Quién más iba a ser?

−Ah, yo no sé, don Álvaro. Debe ser porque se encontró con Silvia hace unos días, según me dijo.

−Si lo quiere leer le va a tocar visitar el espacio en Internet.

−No don Álvaro, no lo imprima; piense en el medio ambiente.

−Bueno, como veo que no lo va a leer le cuento de qué se trata: es un texto en clave de amistad, que encuentra sus ecos profundos en mi serie «Las Cartas de Ripol», publicadas hace ya algún tiempo. Lleva por título «De amores imposibles y otros demonios»

−Eso sí no se lo puedo responder don Álvaro. La verdad es que nunca he dado ni recibido un premio en la blogósfera, pero esta vez romperé mi reserva sobre el tema y creo que le voy a dar un premio al blog del Javi apenas tenga la oportunidad.

-¿Usted cree, don Álvaro? Entonces esta misma noche lo llamo y le digo que me haga un artilugio, que a mí el seso no me da para tanto.


−Bueno. Entonces le dejo la dirección en este papelito. Lo lee y me cuenta, ¿vale?

Premio Maestro de Palabras.

Otorgado al blog http://papelesburdos.blogspot.com/ por la calidad y calidez de su escritura y la lealtad de sus sentimientos.


Los premios otorgados en este blog son producto de mi liberalidad y se entregan sin condiciones. No hay que agradecerlos ni publicarlos en otro sitio.

«I celebrate myself, and sing myself,
And what I assume you shall assume,
For every atom belonging to me as good belongs to you».
Walt Withman.