miércoles 3 de junio de 2009

El peregrino detrás del Peregrino.

En la foto: las manos escribientes del Peregrino. «Es todo mi sentir un desconcierto;
un fuego el alma, la mirada un río;
de pronto espero, al punto desconfío;
ora divago, de repente acierto».

Camoens.

Los Opúsculos de un Peregrino cumplen un año en la blogósfera. Por accidente, el 3 de junio de 2008, nacieron en un café Internet en el número 4-25 tal vez, de la calle de la Factoría en Cartagena de Indias pero se crió en la de San Miguel del Príncipe en Bogotá.
Para celebrarlo, para cantarme a mí mismo como Whitman, he decidido tomar algunas frases de viejas entradas e irlas recopilando, modificándolas. Seguro estoy de que mis lectores habituales no las leyeron, pues, este espacio, en su infancia modesta y apacible, apenas y contaba con visitantes. Fue Yara quien me enseñó el arte y los trucos y hoy hasta un buen lugar tengo en el ranking.
Pero, antes de empezar, debo reconocer que este espacio, ha significado para mí encontrar gente maravillosa en el camino, amigos venidos de los cuatro puntos cardinales: de las montañas andinas, de la Antioquia de la que intento desasirme, de la gamberra capital colombiana, de las pampas del sur, del Río de la Plata de aguas amarillas, de la Argentina toda, del cosmopolita Madrid, de las tierras místicas del Al-Ándalus, de los más diversos rincones de la península, de los territoires de glace de Voltaire, que son el Canadá, del Méjico de bravías águilas y más bravos aún desiertos, del Perú de los Incas, del Paraguay que grita en guaraní sus penas, del Chile austral y metálico que cantara Neruda, de la Cuba cubana y altiva de nictálopes y andenes desvencijados adonde ya no llega el tren ni pasa más García Lorca, de la República Dominicana de mulatos lúbricos y sonrientes, y de muchos otros lugares…
A todos les diré como el primer día, como en la primera entrada: que este es mi blog –mon petit recoin, la dimora di alcuni dei mei pensieri- que lo escribo desde un país de palmeras y ventiscas, de risa y desencanto.
Bienvenido anónimo navegante. Bienvenidos curiosos todos. Bienvenidos lectores desocupados. Bienvenidos amigos y enemigos ávidos de saber, de lectura, de palabras. Bienvenidos a mi reino. Dejadme correr ante vosotros el velo de mi ser...
¿Quién es el peregrino detrás del Peregrino?
Para empezar, nací junto a unas palmeras muy cerca del mar de los caribes, del olvido. Una tarde, en medio de soles y calores insoportables, me abrí paso por la núbil vagina de mi madre para, desafiante, abrir los ojos y volverlos pronto a cerrar: estaba mortecino. Un mes después me desahuciaron. Pero, la vida y su malquerencia fueron más fuertes. Sobreviví. Crecí. Aquí y allá. Sin muchas cosas aunque con muchos sueños y con terribles ansias de ser libre, de ser pájaro que vuela, de ser mariposa o manzano como suspiraba Neruda y fantasma que se cuela por las rendijas, que vuelve a entrarse por la ventana, que se cuela por una rendija del rosetón y que sobrevuela el cuarto de la memoria disfrazado de recuerdo.
Vivía encerrado y los cuidados médicos se redoblaban. Fue entonces cuando aprendí a husmear los libros, sin saber siquiera leerlos.
Un día, sobre el gran atlas de mi padre, montado en mi Wolkswagen miniatura (el mejor regalo de Reyes que jamás tuve) empecé a recorrer el Oriente y Europa; pasaba el Bósforo de un salto, bajaba al Peloponeso y luego, haciendo trampas, bordeaba el Adriático, cruzaba el Po, daba un giro sobre Lucerna arrastrando castillos y me encaminaba hacia los Pirineos.
Creo que fue en esa época cuando aprendí de memoria los ríos de España y las ciudades por donde pasaba el Guadalquivir: el Tajo, el Duero, el Ebro, Sanlúcar, Andújar, Sevilla, Córdoba.
Luego, conseguí un barco, por mi cumpleaños, emprendí la expedición y, Danubio adentro, me perdía en la Dacia misteriosa. A lo lejos quedaba Transilvania, recóndita y espeluznante.
Haciendo trampas, como siempre, salía del embrollo: en la Selva Negra traía mi Wolskwagen y lo hacía caer del cielo; montaba el barco encima y, a las puertas del Rin, lo hacía desaparecer de nuevo. Rodando, rodando, terminaba mis fantasías en los Países Bajos y me iba a cenar.
Tal que Mafalda, detestaba las sopas. Cremas de verduras, de cebollas, de carne fresca, de gallinas, de plátanos; ninguna me placía.
Cuando llovía salía a la ventana como a contar las gotas. Creo que fue la lluvia la que me enseñó lo que es la melancolía.
Al anochecer, muy temprano, decía mis oraciones y me dormía, al ritmo de los padrenuestros. «Ángel de mi guarda, mi dulce compañía»…y se apagaban mis ojos inquietos.
Should my early life seem, (as well it might) a dream, dice Poe. Pero, pasé por mi niñez a gran velocidad. Muy precoz, como siempre, salí pronto del regazo materno, del calor del hogar. Me eduqué en un colegio al cuidado de los clérigos de san...
Mientras mi viejo atlas, olvidado, se consumía en la humedad y el moho, yo volaba con Verne, con García Márquez, con Flaubert, con Unamuno. Dostoievski me enseñó la mezquindad del corazón y Camus la gratuidad del mundo; con Nietzsche vi su locura y con Kierkegaard su brevedad. Platón me enseñó a amar la poesía y Aristóteles a odiar a Dios. Con el Aquinate descubrí el latín de los antiguos y con Malebranche el francés de Molière. Agustín me hizo recuperar la fe ardiente de la niñez y Marx sus inconsistencias. Así pasé mis mejores años: leyendo. Leía sin prudencia, sin prevenciones. A decir verdad, nunca he arado la tierra ni buscado nidos (es de Sartre. Cito de memoria), nunca hice un herbario ni tiré piedras a los pájaros. Pero, los libros fueron mis pájaros y mis nidos, mi herbario y mi campo, la biblioteca era el mundo encerrado en un estante. Platónico por naturaleza, fui del saber a su objeto, me parecía que la idea tenía más realidad que la cosa. C'est dans les livres que j'ai rencontré l'univers.
Después, pasando el tiempo, terminé mi camino en la vieja Santa Fe, de esmog frío y viento de montaña. Me enamoré de la sórdida carrera décima, de la alcurnia capitalina de manos de niña española, me desterré a una ciudad cuyos rostros y gente van de prisa. Y se me quedó prendado el corazón en los oquedales de sus cerros, en sus putas y sus maricas. Por eso, a veces me hace falta La Candelaria vieja en donde siempre se encuentra una historia, la elegancia inglesa de Teusaquillo y el Chapinero ruidoso y noctámbulo. Pienso en el lejano Fontibón con sus charcos, en la Suba de calles estrechas, de barrios deprimidos y de rubicundas mejillas infantinas. Repaso el norte opulento, el sur olvidado, sus rostros tristes, casi sin esperanza. Ciudad de todos, tierra de nadie, lloro su soledad, sus mañanas de sol espléndido, sus tardes bajo la lluvia que empaña las ventanas antiguas, el hormigueo de sus quincalleros…
Creo que por mis condiciones personales, por tener una mente tan inquieta, y luego por haber podido establecer contactos desde que era niño con gente y maneras extranjeras, siempre me mantuve un poco a distancia –lo digo humildemente- de los gustos, palabras y hábitos del lumpen. Me siento a veces –más en este destierro- como distinto y lejano, algo así como un predestinado. Acaso una nueva Juana de Arco, llamado a una gran misión. Yo también oigo voces. Como dice el poeta, «voces que anuncian: ahí vienen tus angustias. Voces quebradas: pasaron ya tus días. Son fantasmas, una multitud de fantasmas ebrios».
Mi mente es inquieta, deseosa de conocer: es un ardor encendido, sed que a veces siento de todos los versos, ansias de conocerlo todo.
Cuando la masa ignara y amorfa prefiere exaltar el nacionalismo mostrando las bondades innegables de nuestra tierra y de nuestra gente, yo prefiero cultivar una sana autocrítica. Soy, en realidad un antipatriota. Tal vez es que, si queremos mejorar, como decía David Sánchez Juliao, debemos ser implacables con nosotros mismos, reconocer que hemos terminado siendo mediocres y que estamos muy lejos y muy por debajo de los grandes ejemplos de hidalguía, sacrificio y audacia de muchos de los que nos han precedido en esta Historia mal escrita, campo en ruinas.
Detesto la complacencia dulzona y el patriotismo masturbador y narcisista. El nacionalismo, como a Camilo José Cela, se me curó viajando.
Me río de la procacidad literaria, la disfruto; y sin embargo, creo en el respeto, la compasión, la solidaridad. Soy una especie de Marx y Nietzsche reunidos. En mística un Eckhart, en estética un Céline; en gustos, un heterodoxo relapso. Tan humilde como Moisés, tan egotista como De Gaulle. Tan mierda y tan nada de lo anterior como todos ellos.
Respecto a la gente de mi raza estoy lleno de pecados inauditos. Cuando mis ancestros, sedientos de oro, se establecieron cerca del mar, se creyeron condenados a morir allí para siempre. Creo que de indias livianas que cedieron al lúbrico conquistador, que aprendió a vivir perdido entre las ciénagas, vio la luz la pobre y zarrapastrosa progenie de mi padre. Más tarde, de las generaciones que se pierden en el tiempo espectral nació mi madre sin la casta ni la alcurnia de sus predecesores, todos peninsulares. Así fue pasando el tiempo y fueron atropellándose las horas los días y las edades hasta que aparecí yo, el hijo de esta historia espuria. De entre los míos, me siento a veces como el más avezado en esto de la gloria y el honor de los hombres, cosa que me ha traído no pocos contratiempos que no merecen ser recordados sino contados, pues contar un dolor es acaso consolarlo, como bien dijo Eça de Queirós (las referencias, os las quedo debiendo. Buscadlas en algún recodo viscoso de mi occipucio, si es que la memoria, por ventura, se aloja allí).
En un mundo que tiende a la homogeneidad, algo en mí insiste en hacer la diferencia. Me duelen los hombres, mis hermanos. Me duele el mundo y su miseria. Me duele, por ejemplo, me duele inmensamente África…
La vida me ha ido cambiando, afanosa y veloz. Un día, sin darme cuenta, descubriré que estoy viejo de veras y que aún no llego a ninguna parte. A eso me condena esta existencia impuesta: a la sensación angustiante y angustiosa de estar y sentirme siempre en camino. Camino y camino y el horizonte sigue estando igual, intacto delante de mis ojos como el primer día. No hay tal vez otra salida, sino amar el viaje y disfrutar del vértigo de la ruta. Quizá al final, cuando caiga agotado y exánime de mi viaje, unas manos más grandes me recogerán y me harán descansar para siempre. Mientras tanto, vivo de la apuesta como Pascal.
La vida, poco a poco me ha ido mostrando, hablando de sus penas, de sus amores perdidos, rotos, venidos a menos. Después de las peleas que he debido librar hasta ahora, creo haber terminado por renunciar a la fe en el amor y casi prefiero la comodidad de las conquistas furtivas. A estas alturas del partido, veo con claridad que lo humano fenece y que, como dijo Borges, «ser inmortal es baladí».
No obstante no tengo otro camino que seguir soñando y aspirando a lo más grande para seguir sintiendo que estoy vivo, pues, los sueños me hacen despertar, dejar la inercia y moverme por impulso propio. «El aburrimiento es algo semejante al polvo. Vamos y venimos sin verlo, respirándolo, comiéndolo, bebiéndolo. Sin embargo, basta detenerse unos instantes para que recubra el rostro, el cuerpo, las manos», escribe en su diario el curé de campagne. Por eso yo, también como Bernanos concluyo: «hay que moverse [¡debo moverme!] sin cesar».
Gracias, gracias, grazie, merci, thank you.

viernes 22 de mayo de 2009

Genealogía de un puto.

«Por eso no levanto mi voz, viejo Walt Whitman,
contra el niño que escribe nombre de niña en su almohada,
ni contra el muchacho que se viste de novia en la oscuridad del ropero,
ni contra los solitarios de los casinos que beben con asco el agua de la prostitución,
ni contra los hombres de mirada verde que aman al hombre y queman sus labios en silencio».
F. García Lorca.

-Ay don Álvaro, ¡cómo nos ha cambiado la vida! Ahora que estamos medio borrachos y que, bajo el efecto de las cervezas, se me está soltando la lengua, le voy a contar una historia:

Qué de cosas, don Álvaro, las que me ha tocado oír desde que nos recibimos de la universidad y dejé atrás la Antioquia tosca y hombruna de mis montañas a la que nunca más he vuelto...

Pobre como soy, en la gran ciudad me ha tocado hacer de todo.

Adiós tibio viento y tibias noches, adiós vida apacible de Santa Fe, adiós Medellín de lloviznas y de mojadas, de Silvia y de yerbas.

Fíjese que algún tiempo ha, por ejemplo, trabajaba como consejero de estudiantes en el departamento de asesoría psicológica de una escuela secundaria en algún sector de esta Bogotá, gamberra como las crónicas que por perezoso (y por andar concentrado en obritas de Eco, lejanas de su mundo) nunca leyó Ud., canijo.

Debía dirigir con los alumnos del último curso un taller de reflexión sobre el «don maravilloso» de la sexualidad. Me apercibí de lo necesario y elaboré un bosquejo que creo que debió revisar hasta el arzobispo, tal vez porque un contenido de tan alta «peligrosidad» debía pasar por la lupa de mil censores (con razón se lamentaba Fernando González Ochoa, nuestro viejito de Otraparte del Envigado del Javi, en su Viaje a Pie: «¡pobre país, país de miseria, […] sin rumbo y sin conciencia aún! ¡Pobre país en que son condóminos el Cura, el Bachiller y el Diablo!». Esto último lo pensé, pero, afortunadamente don Álvaro no lee los pensamientos como Zola, ni cuenta las gotas de sudor que caen de la frente de Raskólnikov como Dostoievski).

En fin, después de todos los ajustes necesarios (corte esto, agregue aquello, no diga esto, esto no es necesario, este contenido no es relevante para adolescentes, etcétera), pude hacer mi taller, que, a la larga, resultó ser una maravillosa jornada de reflexión y de maduración personal tanto para mí como para los chicos.

Y ya mejor no le cuento más, don Álvaro, mejor escribo y luego venga y lea, tolle et lege, como le dijo el diablo al de Hipona (que no era de Hipona sino de Tagaste, que no era de Tagaste sino de la mujer que despidió en Milán, que no era de Milán sino de su puta madre que según dicen, no me consta, era una santa):

Era el jueves o el viernes de un octubre por la tarde y los estudiantes, en la soltura de su adolescencia, abrieron su intimidad y festejaron alborozados lo que para ellos fue un arrebato de inusitada sinceridad. Hubo risas, abrazos y lágrimas cursis.

Dejemos ahí don Álvaro. Mejor le sigo contando de viva voz:

-Lorenzo, la loquita del grupo (las amigas hasta le decían Lola y cantaba: «…la que camina sola por Barcelona buscando follón». Esto lo estoy pensando, pero no se lo digo al de marras), el bailarín estrella en el grupo de danzas de la escuela, el del pearcing sobre la ceja izquierda, la piel pálida y el pelo castaño con un par de mechas blondas, siempre tiesas bajo el efecto de la gomina, le contó a todos lo que ya sabíamos: que era gay. Como cuando Uribe –el acondroplásico doctor Varito– que hoy amaneció con una «encrucijada en el alma» (menos mal que no en el culo), nos diga, al fin, que quiere hacerse reelegir. La gente cree que uno es güevón, ¿cierto?

Sin embargo, la seguridad de la Lola y la naturalidad de su discurso provocaron algo que muy pocos esperábamos: Pipe, un mozalbete de diecisiete años, atlético, de barba incipiente y una docena de barros en el rostro, también quiso contar su secreto frente a la mirada atónita de sus compañeros y, sobre todo, de las chicas.

¡Qué liberales se nos han vuelto los muchachos! ¿Verdad, don Álvaro? Ud. debe sentirse en su salsa en estos tiempos. Y abro paréntesis para que el lector entienda, porque generalmente es tonto y olvidadizo: don Álvaro es un marica Summa Cum Laude de Medellín, que en mi serie Las Cartas de Ripol se estaba muriendo (de SIDA no, no sea malpensado), eso creo. Bueno, al menos está todavía vivo para mí y para Martincito, el hijo de Silvia que no le diré quién es porque no quiero remover ese pantano turbio de mis recuerdos.

Pero volvamos adonde nos encontrábamos: a la mesita de las cervezas, donde estoy borracho y se me está soltando la lengua y don Álvaro, beodo, pestañea despacio, despacio y se está durmiendo.

Pero como esto es literatura, juego con el tiempo y mejor regreso atrás:

El tiempo pasó (en el pasado, porque estoy jugando con él, ya lo dije) y terminé renunciando a ese empleo (ay hombre, ¿cómo que a cuál? ¡al de consejero estudiantil! ¡Concentrate! Y no, no se me olvidó la tilde; es que en Antioquia voseamos y hacemos de una esdrújula una paroxítona porque sentimos al castellano tan nuestro como lo siente la RAE).

No volvieron las tardes de formación y crecimiento personal (las volvieron retiros espirituales de un fin de semana en la casa de unas monjas).

No contaré las causas de mi renuncia, aunque, según lo que he dicho cuatro párrafos más arriba, el lector perspicaz (ahora le llamo así después de haberle dicho tonto porque esta es mi historia y hago en ella lo que me da la gana) podrá colegirlas fácilmente. Los chicos se graduaron y, con mi salida, perdí con ellos todo contacto.

El tiempo volvió a pasar y una noche me encontré con Pipe (el mes pasado, a decir verdad).

Estaba muy cambiado, don Álvaro. Si lo viera: ya no tiene barros en la cara y sus carrillos lucen adornados con una barba copiosa, afeitada cuidadosamente siguiendo caprichosa forma. Su peinado descuidado no le iba mal y debía tener ya unos veinte o veintiún años. Apenas como para Ud. don Álvaro (se está riendo. Parece que se acaba de despertar).

Fue en Terraza Pasteur, uno de los sitios de ligue gay más concurridos y tradicionales de la capital colombiana.

-¡Good evening monsieur!, gritó en pésimo ‘fran-glés’, con entusiasmo, Pipe, como para demostrarme con su chicana que estaba aprendiendo otra lengua.

Yo me volví y sin reconocerle le respondí fríamente: buenas.

-¡Soy Pipe, doctor! ¿No me recuerda? (no sé por qué diablos me dice ahora ‘doctor’. Será para insultarme, porque en Colombia doctor se le dice a cualquier hijueputa, verbigracia, al Doctor Varito).

-¡Muchacho!, dije, pero qué cambiado estás. ¿Qué hacés?

-Espero a alguien, respondió.

Tardé poco en comprender, don Álvaro, que ‘alguien’ se había vuelto una palabra habitual en sus labios. ‘Alguien’ designaba los más diversos tipos de personas. ‘Alguien’ podían ser Luis, Mateo, Felipe, Jorge, Fernando, Eduardo, Esteban, Jairo o Ricardo. Pipe les acompañaba, les daba un rato de placer, se daba a sí mismo un rato de placer y regresaba muy tarde al piso que había rentado en Santa Isabel, en donde vivía solo. Le gustaba lo que hacía, tomaba precauciones y lo disfrutaba mucho. Había aprendido mil formas de amar y se sentía afortunado de pensar que mientras el trabajo suponía para muchos grandes esfuerzos y fatigas, para él resultaba algo tan placentero y muelle.

Entre todos sus ‘alguien’, su preferido era Eduardo. Lo vi ese día, justo antes de despedirme de Pipe, cuando ya en el pocillo no quedaba sino el poso del café, pues lo había invitado a tomar uno. Era joven y algo apuesto, hasta se parece al Javi, don Álvaro.

Tenía indumentaria de ejecutivo, más o menos 31 de edad, estaba casado y tenía un bebé de dos años (esto me lo contó Pipe ayer, cuando lo volví a ver y decidí escribir su historia que luego, en el barcito del Chorro de Quevedo, que es un sitio para marihuanos y pasotas, le estoy contando a don Álvaro).

Se veían una vez por semana. Eduardo parecía quererlo. Lo buscaba, le hacía regalos y le trataba con una ternura que conmovía y dejaba ver el drama de su corazón dividido y de su vida de fachada. Pero, Pipe era (en pretérito imperfecto porque todo lo que tiene que ver con el corazón debe conjugarse en este tiempo) incapaz de amar. De Eduardo no le interesaba más que la firmeza de su torso, el tono glauco de sus ojos, el color rojizo de su cabello, esa elegancia hierática de sus ademanes, el fino acento con el que hablaba y el leve olor a nicotina de su aliento.

Desde la noche en que me lo encontré al pasar por Terraza Pasteur, Pipe fue poco a poco contándome su vida en un sitio y otro, que yo he recreado en mi mente de mil maneras, buscándole, sin poder esto hacer, una explicación.

Según entiendo, don Álvaro, todo empezó en el barrio de casitas iguales donde pasó su infancia. Pero, mejor deme un papel, que voy a escribir de nuevo. No me interrumpa más:

Bajo el cielo despejado de un enero travieso, que dejaba ver claramente el sol de la tarde capitalina, perdido tras los cirros lejanos y erráticos de algodón indiscreto, mientras suaves vientos alisios hacían tremolar las hojas de los nogales cercanos, en el taller sucio, en medio de la vulgaridad cotidiana de la vida de las barriadas, entre los gritos de los mercachifles y la rudeza de los menestrales, Pipe descubrió el amor; sí, del modo más heterodoxo y tierno posible.

Ahora, que César se ha ido y que pasa el tiempo y que él no vuelve, Pipe lo recuerda mientras se le nubla la voz y el timbre de su acento me deja entrever la profunda nostalgia que le produce pensar en su primer polvo…

Continuará.

lunes 4 de mayo de 2009

Carmen Burgos o el porqué de las tetas.

Por la calle de las Flores, por la de San Antonio, por la del Carmen, por la del Comercio; con el viento, al ritmo del viento, al compás del viento, sin el viento, iba Carmen Burgos moviendo las nalgas, la pollera, el pelo largo, ondulado y negro.

Ayer me dijeron que se había muerto y desde entonces una melancolía porosa se me ha instalado en el costado izquierdo del alma para jugar con mis demonios y hacer fiesta con mis recuerdos.

«L’amour est un oiseau rebelle qui nul ne peut apprivoiser» se oía a lo lejos. Era Carmen, la de Verdi, que por feliz ventura sonaba mientras la voz en el auricular decía que la otra Carmen, la mía, se había ido a trenzar nubes de armiño en el cielo de los arcángeles.

Entonces, mientras dejaba caer mi cuerpo sobre la poltrona, abrumado por la impresión, me fui con la mente a buscar a la muerta…

La calle amplia no te basta, el sol que impacta el empedrado te ilumina la cara, las palmeras, estremecidas por la brisa, se inclinan a tu paso y tú te meneas con un manojo de galletas turcas.

Si te despeinas, Carmencita vuelves a arreglarte el pelo, tranzando un peine de carey por entre las hirsutas hebras; si se te cae la flor que llevas sobre la oreja, en señorial gesto te agachas, Carmencita, a recogerla; si se cruza en tu camino un conocido, te aprestas a saludarlo con un ademán sincero y una mueca graciosa sobre tu cara; si es mi abuelo el que pasa, lo miras a los ojos, Carmencita, sonríes coqueta, y te vas sacudiendo el abanico que tu difunto marido te trajo del puerto de Fuerteventura antes de regresar a América.

Es mediodía Carmencita y he vuelto a ser niño, y he vuelto a correr por el zaguán despejado y fresco de tu casa y he vuelto a usar pantalón corto y tirantes con camisola azul y he vuelto a contemplar como aquella vez, la primera, tu desnudez intensa.

¡Pum! Sonó la puerta que abrió mi curiosidad inocente e indiscreta.

Ahí estaba Carmen Burgos −homónima dignísima de la Colombine andaluza− despojada de todos sus vestidos, a culo pajarero, en el esplendor de la voluptuosidad de sus carnes, con los muslos húmedos y una botella de agua de Colonia en las manos.

«¡Ay niño, tené cuidado! ¿No ves que me estoy vistiendo? Andá al patio a jugar», exclamó, preguntó y ordenó con voz apacible.

Me parece estarla oyendo con total naturalidad y desparpajo…

No se preocupó Carmen Burgos en tapar su desvergüenza: sus tetas flácidas de pezones rosados, sus muslos pálidos que jamás el sol bañó, su sexo peludo, canción de amor a la selva que bordea la ciénaga en su pueblo de San Jerónimo, la oquedad redonda de su ombligo en la mitad de un generoso vientre y su cuello chorreado del agua fresca que caía de su negra cabellera como formando límpidos arroyuelos que, en hilos de líquido incoloro, se despeñaban raudos bajo el impulso de la gravedad hacia su ombligo.
El niño que fui y ya no soy más, quedose petrificado ante la puerta de roble oscuro con arabescos que se había abierto, reveladora. Ahora, ya grande y pervertido, soy un fantasma que vuelve a entrarse por la ventana, que se cuela por una rendija del rosetón y que sobrevuela el cuarto disfrazado de recordación.
¿Qué ve? Un cuerpecito de nueve años ante la inmensidad de un corpazo de cincuenta y siete: lo que resta, bajo forma de espectro mental, de una gorda desvestida ante las hormonas nacientes de un niño y una consecuente furia voyeurista desatada.
¡Pum!, ¡pum! Se abrían las puertas, volaban las toallas y corrían las mujeres.

Por culpa de una gorda desnuda, un ojo espiaba desde entonces sin cesar el baño de las damas, el vestidor de las señoritas, el camerino de las bailarinas de la calle Artigas. Ese ojo pronto fue también un cuerpo que aprendió a desvestirse ante un espejo, a la hora de la siesta, con el espíritu ebrio de recuerdos para comenzar sus primeras liturgias pueriles de adoración al dios Príapo. Y por las noches, cuando la luz se extinguía, un fuego pudendo encendido le quitaba el sueño. Sobaba entonces con inocencia el pico enhiesto de la montaña de la diosa Venus de tela hueca hasta hacer explotar el volcán ígneo de su pasión. Entonces, mientras un río de lava verduzca se lanzaba por el norte hacia su abdomen y se precipitaba por el sur hasta los muslos, una humedad viscosa empapaba el pijama y minúsculas gotas de sudor salado le brillaban sobre la frente.

Dime Carmencita, ¿por qué me querías tanto? ¿Por qué en tu jardín intocable me dejabas inventar castillos? ¿Por qué me preferías a tu ahijada, la muy noble María del Pilar? Pero, sobre todo dime ¿para qué te servían las tetas, tú que jamás pariste?

Sí, sí, dime, dime, viento, dime, silencio, dime ¿por qué hay tetas? ¿Por qué esa obsesión mía con ellas? Debe ser que, en algún lugar, guardo una especie de nostalgia mamífera y originaria, un sentirme niño que chupa los jugos de su núbil madre, reyezuelo del mundo.

Veo un corpiño abultado, Carmencita y, sintiendo ganas de tocarlo, te recuerdo. Hablando de las tetas, Carmencita, haylas con pezones rosados, foscos o decididamente negros. Haylas largas, redondeadas, ovaladas, grandes o pequeñas. Haylas complacientes y espontáneas y dengues y remilgadas. Haylas insípidas y haylas salobres. Te lo digo porque de todas las variedades me ha dado ha probar, a tocar, el Creador.

Pero antes de que se me olvide, Carmencita, te preguntaré algo más y espero que te acuerdes. Porque lo que soy yo, no he olvidado las visitas de mi abuelo a tu casa en las que a él le ofrecías vino de consagrar y a mí bizcochitos de Siria…

Ahora Carmencita que el viejo Froilán y tú están muertos, respóndeme sin sonrojarte: ¿lo querías?

No, no te rías Carmen Burgos viuda de Aycardi, Carmencita del alma, de mis recuerdos, que te estoy hablando en serio. De todos modos, debo confesarte que, devorado por la impaciencia, yo no recuerdo haber alcanzado una semana en la espera de la consumación de un amor.

Por eso, dime, guapa, ¿cómo le hiciste para aguantarte las ganas? Porque estoy seguro de que nunca te concediste la más mínima licencia; era como si quisieras borrar, sin saberlo, la fama de esa homónima tuya, española ella y muy liberal y casquivana que tuvo como amante a Gómez de la Serna, el de las greguerías salerosas que leí antes de que te murieras, cuando estaba lejos y no tenía tiempo para recordarte. Dime, que yo, por defecto de mi generación, no puedo, en la fiebre de mi inmediatez, guardarme casto como tú, como mi abuelo, el viejo fiel y monógamo de mi infancia.

Quedó Carmen Burgos viuda muy joven, antes de que yo naciera. Sin hijos, sin consorte, no tenía sino la vieja casa que heredó de su marido y una parcela junto al río que la administraba un bobo llamado Rogelio con graves taras en el habla y la escucha y, hasta donde sé, familiar en cuarto grado de consanguinidad de su marido. Allá me iba a jugar yo o a bañar en un pozo durante los días de calor.

La última vez que la vi fue a los catorce, entrando al colegio de Villa Débora. Iba a arreglar algún asunto de alguna ahijada con alguna de las encargadas de las normalistas en esa época. Luego me fui lejos y a su recuerdo lo cubrió el olvido, las preocupaciones, la sorna del tiempo, la inercia de la vida.

Hoy que te recuerdo, que sueño contigo, Carmencita, escribo esto para eterna memoria de la primera mujer que vi (cuando ver es no es sólo la aparición trivial de alguien en el campo de la percepción sino, como diría Sartre, la fuga permanente de las cosas hacia un término que capto a cierta distancia de mí y que me escapa en tanto que despliega en torno suyo sus propias distancias); la primera mujer que vi desnuda, tú.
La foto muestra el afiche promocional de la recomendada obra 'Gorda', de Neil La Bute, en función actualmente en el Teatro Nacional (Calle 95 # 47 – 15 barrio La Castellana, Bogotá D.C. Colombia). Dirigida por Mario Morgan y protagonizada por Constanza Hernández y Fabián Mendoza. http://www.teatronacional.com.co/

lunes 27 de abril de 2009

De premios posibles y otros demonios.

−Buenos días don Álvaro.
...
−Yo, muy bien. ¿Usted qué tal?
...
−No falta gavilla a la guadaña, ni guadaña al segador.
...
−No crea usted, don Álvaro. No han sido días de pocas letras. Simplemente, no tengo que publicar todo lo escribo.

−Sí, había un par de textos.

−Se los han llevado, después de cinematográfico atraco, dos camajanes jóvenes de gorras azules (uno pelirrojo con profusas pecas sobre sus carrillos) y chaquetas prêt-à-porter (esto es por si los ve).

−¿Cómo más, don Álvaro? Corriendo, respirando con fuerza, como tocados de soroche.

−No, no pasó nada. Subieron la cuesta de La Perseverancia, un barrio de Bogotá que se confunde con el cielo de nubes blancuzcas y, en maja chabola, se encerraron las mansas palomitas a repartir el decepcionante botín: libros que no han leído ni leerán.

−Pero cambiando de tema, don Álvaro, fíjese que he tenido la dicha de que alguien escribiera algo dedicado a mí.

−Sí, claro. ¿Quién más iba a ser?

−Ah, yo no sé, don Álvaro. Debe ser porque se encontró con Silvia hace unos días, según me dijo.

−Si lo quiere leer le va a tocar visitar el espacio en Internet.

−No don Álvaro, no lo imprima; piense en el medio ambiente.

−Bueno, como veo que no lo va a leer le cuento de qué se trata: es un texto en clave de amistad, que encuentra sus ecos profundos en mi serie «Las Cartas de Ripol», publicadas hace ya algún tiempo. Lleva por título «De amores imposibles y otros demonios»

−Eso sí no se lo puedo responder don Álvaro. La verdad es que nunca he dado ni recibido un premio en la blogósfera, pero esta vez romperé mi reserva sobre el tema y creo que le voy a dar un premio al blog del Javi apenas tenga la oportunidad.

-¿Usted cree, don Álvaro? Entonces esta misma noche lo llamo y le digo que me haga un artilugio, que a mí el seso no me da para tanto.


−Bueno. Entonces le dejo la dirección en este papelito. Lo lee y me cuenta, ¿vale?

Premio Maestro de Palabras.

Otorgado al blog http://papelesburdos.blogspot.com/ por la calidad y calidez de su escritura y la lealtad de sus sentimientos.


Los premios otorgados en este blog son producto de mi liberalidad y se entregan sin condiciones. No hay que agradecerlos ni publicarlos en otro sitio.

«I celebrate myself, and sing myself,
And what I assume you shall assume,
For every atom belonging to me as good belongs to you».
Walt Withman.

miércoles 8 de abril de 2009

La fe del Peregrino

¡Oh, qué dulce, qué sereno
caminaba el Nazareno
por el campo solitario,
de verdura menos lleno
que de abrojos el Calvario!

La procesión se movía
con honda calma doliente,
¡Qué triste el sol se ponía!
¡Cómo lloraba la gente!
¡Cómo Jesús se afligía...!

Y aquél sayón inhumano
que al dulce Jesús seguía
con el látigo en la mano,
¡qué feroz cara tenía!
¡qué corazón tan villano!

¡La escena a un tigre ablandara!
Iba a caer el Cordero,
y aquel negro monstruo fiero
iba a cruzarle la cara
con un látigo de acero...

Mas un travieso aldeano,
una precoz criatura
de corazón noble y sano
y alma tan grande y tan pura
como el cielo castellano,

rapazuelo generoso
que al mirarla, silencioso,
sintió la trágica escena,
que le dejó el alma llena
de hondo rencor doloroso,

se sublimó de repente,
se separó de la gente,
cogió un guijarro redondo,
miróle al sayón la frente
con ojos de odio muy hondo,

paróse ante la escultura,
apretó la dentadura,
aseguróse en los pies,
midió con tino la altura,
tendió el brazo de través,

zumbó el proyectil terrible,
sonó un golpe indefinible,
y del infame sayón
cayó botando la horrible
cabezota de cartón.

Los fieles, alborotados
por el terrible suceso,
cercaron al niño airados,
preguntándole admirados:
-¿Por qué, por qué has hecho eso?...

Y él contestaba, agresivo,
con voz de aquellas que llegan
de un alma justa a lo vivo:
-«¡Porque sí; porque le pegan
sin hacer ningún motivo!».

Hoy, que con los hombres voy,
viendo a Jesús padecer,
interrogándome estoy:
¿Somos los hombres de hoy
aquellos niños de ayer?


La Pedrada (fragmento). José Mª Gabriel y Galán.

Ay Popayán popayancito. Mientras escucho el lejano canto de los seminaristas de la iglesia vecina, viaja mi mente y mi corazón hacia ti.

De la mano de Macarena, mi amiga de otros tiempos, vuelvo a contar losanges en tus calles empedradas, vuelvo a subir al balcón y vuelvo a oír el bullicio de la multitud en fiesta.

Viernes de dolores. Suena la matraca y de los cuatro puntos cardinales arriba a la catedral la turbamulta. Allá, a lo lejos, va la Dolorosa, chiquitina, galana. La acompaña San Juan, de mejillas lozanas y cara de marica imberbe. Debajo, el costalero sudoroso pena sus pecados mientras se mecen el quídam, el Cristo de San Agustín y los curas que entonan largas elegías.

Ese día dejé mis dudas y vacilaciones y volví a ser católico. ¡Faltaba más un Peregrino protestante! ¡No señor! Católico y ateo como Dios manda y alumno de jesuitas para más inri.

El catolicismo para mí, más que una religión es un sentimiento estético. Ya lo dijo por mí García Lorca: «he asistido a oficios de diferentes religiones. Y he salido dando vivas al portentoso, bellísimo, sin igual catolicismo español. No digamos nada de los cultos protestantes. No me cabe en la cabeza (en mi cabeza latina) cómo hay gentes que pueden ser protestantes. Está suprimido todo lo que es humano y consolador y bello, en una palabra» (carta a su familia, escrita desde Nueva York el 14 de julio de 1929). A decir verdad, no he encontrado en suelo americano al primer evangélico sensato.

En cambio, me gustan los ojos, las miradas lastimeras, de Rocío, de Pilar, de Guadalupe, de Chiquinquirá, de Covadonga, de Luján, de Monserrat. Me gusta que suene el órgano tubular, que se interprete una suave tonada de Mozart. El Stabat Mater, el Pange Lingua, el Dies Irae, ¡cómo encantan mis oídos!

Escuchar en pascua el Mesías de Haendel con sus mil aleluyas y ver los retablos barrocos de las iglesinas de la Bogotá vieja eso sí que hace pensar en Dios.

Gozo enormemente con los cánticos de Teresa de Ávila, de Juan de la Cruz, de Luis de León; me place el castellano renacentista con acentos vascuences de los Exercicios Spirituales de Loyola y me seduce la figura humana y apasionada del sensual Alejandro VI.

Por eso, qué orgullo patrio sentí esa vez, en ese balcón, en esa calle, en ese Popayán de mis recuerdos, al ver ese espectáculo: todos en fila, adocenados, piadosos y orantes.

Sabedlo lectores, daos por enterados: este es el país más católico del planeta; multiplica rosarios, saca curitas por arrobas e incluso los exporta.

Ah, Colombia, colombina, colombita. Loca, hijueputa, asesina, tartufa, rezandera. Para eso sí sirves. Ahí vas, como la Dolorosa: mansita, dando tumbos flojos a derecha e izquierda, perdiéndote de a poco, yéndote, bajando la cuesta rumbo al abismo. Como el San Juan mancebo de mis reminiscencias vas, maricona, vestida de verde montaña de tus tres cordilleras. Bajas la cuesta, dormida en el sueño de tu religiosidad soporífera, a la zaga de tus viejos resabios coloniales, en las manos de una clase política que chupa sin cesar la teta lactífera que le aporta pingües beneficios producto de las más impúdicas canonjías.

No tienes remedio, pendeja. Por eso, en esta Semana Santa, te condeno desde la cruz de la existencia en la que estoy clavado. Padre, no la perdones que ella sabe muy bien lo que hace, pero es terca, la muy porfiada. Yo te digo: hoy estarás conmigo en el infierno. Todo está consumado. He aquí a mi puta madre.

Ite missa est. Amén.

La foto 1 de Diego Hoyos en www.flickr.com: un niño enciende las velas del paso del ángel de la Resurrección en Popayán, Colombia. En la foto 2, del mismo sitio, un grupo de religiosas saluda el paso del Señor de la borrica el domingo de ramos.

martes 31 de marzo de 2009

Recuerdos de Antioquia y muchas gracias.

-Qué hubo pues, Peregrino?, dijo el Xavi en su nítido acento antioqueño que permanecía incólume a pesar de sus dos meses de estadía en Méjico.

Había sonado el teléfono y minutos antes, me encontraba perdido entre los cables del ordenador, viendo a ver cuál era el que, desconectándose, me había dejado sin acceso a Internet. Claro, tres días antes, ya había llamado a la empresa, para pedir la reconexión, pero, como esto es Colombia, aquí todo se demora porque hay mucha gente.

Finalmente, hoy lunes por la mañana llegó el tan esperado servicio técnico.

-Vos andás como perdido. ¿Estás enamorado o qué?, continuó el Xavi.

-¿Cómo así?, le pregunté intrigado.

-¿No ves que me has mandado un texto sin corregir, güevón? Ese archivo que llegó estaba que ¡eh, Ave María!

Sepa el lector europeo y el no-colombiano que Ave María es la interjección paisa más célebre y se usa para denotar sorpresa, aunque también rabia, admiración, horror, desconcierto o para infundir ánimo. Sepa también que paisa es, no sólo la forma apocopada del vocablo paisano sino el gentilicio de los habitantes de los departamentos de Antoquia, Caldas, Risaralda y Quindío.

¿Que por qué? Porque así se dice en Colombia, que por cierto es país de gramáticos.

Los paisas viven en las montañas. Vivieron perdidos durante siglos, comiendo judías con morcillas, cantando trovas, usando terciada una burjaca y pariendo curas y políticos.

Como quedaron tan vascos, paisa que se respete se apellida o Zuluaga, o Atehortúa, o Aristizábal, o Aranzazu, o Upegui, o Giraldo, o Londoño, o Echeverri, o Uribe (tachado porque de esta raza proterva nació el ancondroplásico que funge como presidente aquí en el País de las Palmeras y que debe estar, ahora mismo, yantando a chirla come, parrandeándose al país, a siete cuadras de adonde esto escribo).

Sepa también el forastero que el paisa vosea, como el argentino o el uruguayo. Que yo me acuerde, en Antioquia sólo se le habla de tú a Dios y a su madre (a la de Dios) ¡y vaya que son rezanderos los arrieros estos! Porque, todo pueblito de Antioquia tiene su buena iglesia… y su buen putiadero con putas baratas, bonitas y coloradas.

Vaya a Sonsón, por ejemplo, que queda no me acuerdo dónde pero en todo caso, muy cerca de donde Cristo perdió el poncho (así que no creo que vd. vaya a ir, a no ser Tomás, con s por escrúpulo ortográfico, de don Blog Pérez, que me lee y que vive en Medellín. Aclaro: no en Extremadura, sino en el filo de unas cien montañas más al norte del mencionado pueblo); allá -en Sónsón- donde las damas se creen sevillanas en medio de la niebla y el frío y para echarte un polvo con ellas tienes que haberles dado antes pruebas fehacientes de que te casarás, podrá vd. comprobar lo que he dicho en el anterior párrafo.

Pues bien, todos estos paisas, idiomáticamente hablando, son voseantes como ya dije y además seseantes y yeístas. Ah, y cuando te hablan en voz baja sólo se les escucha pronunciar una s cantarina y arrulladora, apicoalveolar, tal como aquélla de la España septentrional y como no se dice en ninguna otra parte de la vasta América, excepto allí, en la tierra de Tomás Carrasquilla, de Porfirio Barba Jacob, de Epifanio Mejía y, por supuesto, de mis queridos Héctor Abad Faciolince y Fernando Vallejo. Y si usted no los conoce, le recomiendo que los lea.

En Medellín un día, sólo para disfrutar de este murmullo fonético del que vengo hablando, mientras daba un paseo en metro, me bajé en la estación del Parque Berrío, que queda enfrente de la iglesia de la Candelaria, y aunque vd. no lo crea, hice fila para la confesión. Me arrodillé.

…Acúsome padre de que he pecado. Y que le voy inventando un par de cosillas guarras al monseñor vejete que me escuchaba para que me sermoneara largamente y, como hablaba quedo, me susurrara sus eses paisas, las apicoalveolares que tanto me gustan.

Esto de mi fijación por los bisbiseos proviene de Rebeca, una bibliotecaria que hubo en el colegio donde estudié la primaria. Era una gorda monumental que olía a cigarrillo y como había nacido en Antioquia, en Carolina del Príncipe que es un pueblito que está cerca de otro pueblito llamado Angostura, que a su vez lo está de otro llamado Santa Rosa de Osos, que queda entre las montañas (como toda Colombia), susurraba esta consonante dichosa mientras me hablaba al oído y me encerraba entre sus brazos adiposos, mientras me señalaba con el índice el sitio donde se encontraba la tarea que había dejado don Miguel, el profesor de Lengua Castellana, el único que nos mandaba siempre a consultar esos compendios de gramática de un autor cuyo nombre ya se me olvidó; como también se me está olvidando la cara de la pobre Rebe, pues murió el año pasado sin que yo pudiera ir a su funeral porque, Peregrino como soy, estaba lejos.

Y a todas estas, ¿por qué me puse yo a hablar de los paisas, de sus curas, de sus putas y de Rebe? Ah, debe ser por el Xavi que es un egregio varón de esta estirpe y también para reivindicarme por esto que a continuación contaré y que, para resumir, lo diré escuetamente: fui víctima de la informática en estos días de la manera más vil.

Primero, descubrí que Raskólnikov, mi gato, arrancó un cable de no sé dónde y me dejó sin Internet, luego, confundiendo el culo con las témporas, hice clic sobre «no guardar» cuando debí haberlo hecho sobre «sí» y perdí todo el material de mi tercera Crónica Gamberra. La difunta se intitulaba “Un heliogábalo para Carmenza” y refería la larga conversación que sostuvieron un sábado por la noche, en el pueblo de San Roque (Antioquia, Puta Mierda, Colombia), un impotente, enamorado de un amor imposible y una ninfómana a punto de suicidarse, convencida como vive de la absurdidad de la existencia. El buen Dios permitió que se perdiera esta joya, librándome así de una segura excomunión por irrespeto al Altísimo y a la bandera nacional. Lanzo desde aquí el reto para que con esta breve descripción, cualquier persona de la blogósfera reescriba de sus propios sesos lo que el puñetero Word hizo desaparecer.

De paso, pido disculpas a todos los blogs -los amigos, mejor- que leo y comento regularmente por no haberlo hecho durante estos días. A todos los que me han escrito algo últimamente, muchas, muchas gracias.

Y para que vean que no los olvido los mencionaré de memoria, al azar: Carmen de España (y no la Merimée), Carmen (de España también. Ésta no tan andaluza como aquélla), Luly, Aida, África, Soñadora, Quime y Marilú (porque primero van las damas), Germánico, Juanos, El Infalible, Gus y Kowalsky (porque son argentinos y a los argentinos les gusta ir primero), Alijodos, Joselop, Alatriste, Pedro, Diego y Chopingo (porque viven en España y atraviesan de vez en cuando el Atlántico no más para visitarme), Ray Bueno, Eduardo Galván y los colombianos Gabriel Umaña Suárez, Tomáz (esta vez con z, vencido el escrúpulo), Yara, DAN-T, Eros Herido, Gurzaf, Jkrincon y el Xavi del blog papelesburdos.blogspot.com, que es mi editor y a quien le mando todo lo que escribo antes de que lo publique para que lo revise y corrija.
Seguro estoy de que se me olvidan algunos, tal vez porque los he visto menos. De otros, sé que me leen sin comentarme. De todos, estoy muy agradecido por hacer de este espacio algo importante.

Y antes de terminar emocionado haciendo pucheros, los dejo con mis saludos más cordiales y les prometo que estaré pasando por sus, vuestros (para honrar a mis amigos españoles) espacios.

«Lo único que le pido al futuro, sea cual sea, es que me lean» Sartre.

En la foto (de www.antioquiadigital.com): vista de la plaza mayor de Santa Fe de Antioquia, un pueblito entre dos cadenas de montañas, al occidente de Medellín.

lunes 23 de marzo de 2009

De lo que este espacio ha de ser.

Tomado del libro Entre Fantasmas del escritor colombiano Fernando Vallejo. Texto citado en el documental "La desazón suprema".

miércoles 18 de marzo de 2009

Querida África o el día en que fui negro.

Crónicas Gamberras II.

Para leer la primera crónica (Mal Follada y Culo Loco: una conversación de arrabal) haga clic aquí.

Que suene la tambora no es extraño, esa es su vocación, es su llamado. En cambio, que suene un barato sintetizador y reemplace la legendaria caja de madera forrada con cuero de vacuno, eso sí que suena a adefesio. Como fue un adefesio el día en que bailé mi primera «champeta».

Se designa con este sustantivo a un baile de extracción afrocolombiana, de historia relativamente reciente y ritmos parecidos al del antillano reggaetón, que recibe el mismo nombre que los jornaleros negros daban al machete usado en otras épocas para las más variopintas funciones. La champeta es culturalmente cercana a los ritmos propios del palenque de San Basilio, un poblado de cimarrones de las tierras bajas del caribe colombiano. En una palabra, la champeta es el beat africano evolucionado en su más tórrida expresión.

La champeta se parece al ritmo y a la percusión que acompañaron a los infelices tripulantes de los galeones españoles venidos de la lejana África cuando, con incierto destino, eran encadenados unos a otros, rumbo a la esclavitud más onerosa.

La champeta es como la versión moderna de una canción esclava carente de moral y llena de sudores pasionales, néctar de cuerpos en función, melancolía de una patria lejana que se intenta olvidar a través del goce temporal. No obstante, ella es también un grito soterrado contra el olvido en el que ha permanecido un pueblo y una raza negados por una mayoría blanco-mestiza que gobierna este pobre paisito de mierda y es dueña de los medios de producción y del territorio.

Yo, no negro del todo, sentí como Tito Puentes un día, que la fiesta me llamaba (quiero creer, me gusta creer, que mi tatarabuelo Betancourt trajo consigo algún gen oscuro de las islas Canarias de donde se desterró a esta, la tierra de las palmeras. Por lo demás, aun sin antepasados negros, me consuela saber que la especie humana viene de África).

Fue durante unas vacaciones, en una feria de barriada en la fogosa Cartagena de Indias, allí donde el castellano límpido de la capital da paso a un típico acento caribeño y en donde un primo lejano me servía de guía, luego, también de proxeneta.

Sábado por la noche, clima de verano –del más ardiente- y pinta dominguera que me hacía ver extranjero. Aún no alcanzaba la mayoría de edad, pero, ya había gustado de ciertos placeres.

Con aguzada picardía fui llevado al sitio del baile: un descampado en el sector llamado San Fernando.

Palabras más, palabras menos, me ‘tiré’ unas piezas de champeta. No importa (ni recuerdo) lo trivial de sus letras, lo que importaba era la cadencia de los movimientos y la filosofía vital que me transmitía. Era como recordar el vaivén de las olas cercanas, como una danza ritual a Yemanyá que se intensificaba en una cuasi-copula de cuerpos que se rozan y pasiones que se encienden.

A los dieciséis, en plena efervescencia de las hormonas y a medio jolgorio, mi sexo se templó sin mayores dificultades ante la figura mulata y voluptuosa de María Isabel, quien gustosamente se había ofrecido como mi pareja ante la gentil sugerencia de mi primo Armando.

Ahí deseé tener el gen negro y, por un momento, lo tuve. Las ganas de María Isabel me vencieron.

Secundados por la oscuridad, de pie, liquidamos el asunto. Calzones abajo, con la camisa puesta, un poco desabotonada, hundí mi falo en la carne, trémula de emociones y húmeda de calor y humores.

La percusión que se oía a lo lejos, acompasaba el movimiento de las caderas, adelante-atrás, el hervor de la sangre, adelante-atrás, el paroxismo de las sensaciones, adelante-atrás y así hasta que toqué fondo (¿o cielo?). Una lluvia láctea cayó, sin fecundarla, sobre la piel fosca, afelpada y complaciente.

Pero, dos segundos después del culmen, antes de esa bajada súbita de la meseta del placer que sobreviene siempre después del amor, fui sorprendido por Armando, quien observaba la pilatuna muerto de risa.

El susto fue para mí como un puñetazo en la conciencia. Me sentí entonces culpable después de haber bailado esa antesala del sexo que me hizo evaporar la inocencia y perder la virginidad estética que me enseñaron los curas de mi colegio.

Mi superyó me hizo sonrojar; se puso a recordarme que no es sensato para un criollo hacer cosas propias de la servidumbre y mucho menos entregarse a pasiones vitandas. Me sentí culpable, lleno de los escrúpulos de un novel.

Sentí una especie de necesidad de confesarme y no sabía con quién. Armando reía y se burlaba de mi forma de hacerlo, de mi rictus orgásmico (el neutro «lo» adherido al verbo hacer no es por puritanismo sino para que el lector piense lo quiera, lo que le dé la gana… y le den ganas).

Mi primo me asustaba con las consecuencias que podría tener mi acción; me pintaba la boda y me decía que las lugareñas no eran tan livianas como las capitalinas y que si cedían a las insinuaciones de los forasteros era para poder atraparlos. Yo le escuchaba devotamente sin replicar ninguno de sus postulados.

Sin embargo, mi conflicto moral iba en otro sentido. El ritmo seguía sonando a lo lejos.

Harto mal habré hecho –pensaba- cosa impura he cometido, quién me absolverá de este yerro que carcome mi alma y me hace sentir uno de la barriada, no tanto por haberme yuntado con una rijosa hembra, cuanto por la fascinación que me producía el sentirme miembro del gueto servil que exalta la champeta como una danza de autentico arte…

¿Qué remedio habría para mí?, cavilaba. ¿Acaso iré donde Beethoven y le diré como el pródigo: «padre he pecado contra el cielo y contra ti»? ¿O debería arrodillarme ante Händel e implorarle misericordia?…

¿Tal vez cantarle loas a Carl Orff al son de la Carmina Burana o marchar penitente al ritmo del bolero de Ravel sería el modo más eficaz de salvar mi gusto estético y calmar mi pena?

Pero ¡qué mierda!, concluí. Si tenía genes negros y esa noche lo había descubierto (o inventado)…¡qué mierda!

Estaba seguro de que la tentación volvería, como vuelve siempre. Los actos tienden a repetirse. Por eso, porque la tentación se evita y a estas alturas no puedo concederme esas licencias, no planeo un inmediato retorno al Caribe y mucho menos a uno de sus modestos vecindarios donde alguno de mis genes pueda traicionarme y revelarme el mundo en esos extramuros adonde me experimenté atado, esclavo de la pasión abrasante, no libre, como cualquier pobre víctima de las antiguas tratas que tanto me duelen y avergüenzan.

Hoy, de lo que me arrepiento es de haber dado paso, aunque sea en breves pensamiento, al ibero conquistador que vive en mí y me persigue. Hoy quiero saludar las tierras al sur del Sáhara, tocar la tierra bermeja, sonreír para ver las más blancas dentaduras y gritar: ¡querida África! Hoy no permito que ningún látigo subyugue a ese cafre salvaje, latino, ladino, que mueve caderas, suda de goce, folla en la penumbra lunar y baila champetas.


Tus comentarios son importantes. No te olvides de dejar uno...

En la foto: un detalle de la plaza de la Santísima Trinidad en el barrio Getsemaní. Cartagena de Indias, Colombia. Tomada de www.flickr.com

miércoles 11 de marzo de 2009

Crónicas Gamberras I. Mal Follada y Culo Loco: una conversación de arrabal.

Empezaré agradeciendo a quienes siguieron Las Cartas de Ripol. A quienes aburrí con las mismas, mil disculpas. Tal vez algún día vuelvan más.

Ahora, intentaré responder a un reto lanzado por un amigo bloguero, Xavier, quien me sigue atenta y anónimamente. Puesto que intenté andar en anteriores entradas la Bogotá DE abajo, me instó el Xavi (la confianza es porque le conozco) a hacer estos recorridos DESDE abajo: acaso más crudos, menos puritanos (eso le parecieron los anteriores).

Aquí está mi respuesta: las Crónicas Gamberras. No sé si sea una serie (¿tal vez una serie de una sola entrada?). Ya veremos por dónde me lleva la mente y el corazón en estos días de melancolía y soledad (las cosas no van bien).

Para empezar, digamos que me he puesto a hurgar entre los recovecos de la memoria. Me detuve en uno de sus recodos y reviví lugares y momentos de mi niñez.

Me he dado cuenta de que a veces hay cosas que requieren de tiempo para ser entendidas.
Una de esas fue una pelea célebre que vi entre dos mujeres en la plaza de mercado a los ocho años.

Era un sábado de sol tacaño. Mi madre hizo, como siempre, el café muy temprano para mi padre que se iba al trabajo y, mientras yo me lavaba, preparó sus bártulos para salir de compras. No era aún la época del ‘shopping’ y el mercado familiar se hacía de modo muy espontáneo, casi folklórico.

Como siempre, antes de llegar a la plaza, pasamos por la casa de los abuelos, que estaba muy cerca.

Como los dos viejos rezaban aún el rosario matutino, hubimos de esperar a que acabaran el último de los misterios y a que mi abuela se apercibiera de talegas y de cintas de tafetán, producto de los ripios de una vieja cortina, para amarrar los sacos y emprender la marcha de veinte minutos aproximadamente.

A paso lento salimos los cuatro. Pero, pronto, al llegar, nos dimos cuenta de que, en el chiringuito de la entrada de la plaza, un tumulto escuchaba con atención la disputa aireada de dos vendedoras. El ambiente, la barahúnda de feria, me encantaba.

Llegados al lugar de los hechos, mi abuelo agarró mi mano –la suya estaba chapoteada, siempre lo recordaré, de mil y una manchas– y, mientras las mujeres se entretenían en medio de las cebollas, el brócoli y el perejil, nosotros nos quedamos a seguir de cerca el emotivo jaleo.
Palabra iba, palabra venía y una jerga sin codificación, aún en mi cabeza, me abrumaba con expresiones que sólo de grande y pervertido pude interpretar.
– ¡Mal follada!, gritaba Jacinta, la misma que espetaba, con risa irónica, tres segundos antes, esta graciosa rima: «antes de que me dijeras tuerta, ya estaba detrás de la puerta».
– ¿Qué te pasa, culo loco? Contestaba Concha, conocida también como «La boca e’ pato».
Ahí estaban, pues, a la vista de todos, «Mal follada» y «Culo Loco», Jacinta del Carmen y María Concepción, disputándose por nimiedades en medio de la más ofensiva contumelia.
Nunca conocí el motivo real de la contienda. Lo supo mi abuelo después, por virtud del tan latino ejercicio del cotilleo; pero se llevó el secreto a la tumba, el puñetero.
¿Qué compensación significativa podía yo, en ese entonces, dar a tales expresiones? Resonaban en mis orejas y acaso me arrancaban alguna sonrisa pícara. Nada más.

Una vez ampliadas las proporciones de mi cuerpo, mi mente extendió sus dimensiones, el genio de la malicia tomó mi psiquis y nunca más fui inocente. Mis abuelos murieron, se calló el rosario mañanero, se extravió la camándula, se apagó la fe, cerraron la plaza de mercado, demolieron el chiringuito, hicieron pasar una avenida por el lugar y se fueron con su algarabía las mujeres.
Ahora puedo citar a Jacinta y a Concha con confianza y reír con el léxico tan genialmente creado para tan estúpida contienda.
Creo que sólo después de Freud pude comprender a aquellas verduleras. En efecto, según el psicoanálisis, entre las sinuosidades de la memoria y del subconsciente, permanecen para siempre vivos los recuerdos de las cosas no satisfechas o de las incógnitas no resueltas, es decir, sólo lacera la memoria lo que no quedó claro en el pasado; como dicen los viejos acerca de los muertos: que vuelven porque dejaron un asunto sin resolver, así mismo no descansan los hechos sin luz que divagan en el cuarto oscuro de la memoria.

  1. Mal Follada: No son sólo un adjetivo y un adverbio; la expresión denota una disposición de la conducta. Tal sentencia expresa las consecuencias en el comportamiento que provienen de un mal sexo. Es la sensación existencial de la insatisfacción que emerge cuando una clavada fue abusiva, rápida, o poco gentil. ‘Mal follada’ es la condición moral de alguien cuya vagina o culo no han sido bien usados como medio de placer.
    Mal follada acentúa el hecho de que una copula no es suficiente para crecer en dignidad y autoestima a través del sexo. Tal expresión define la primacía de la técnica sobre el tamaño, aunque no desvalora que así como una mujer se llena la barriga con el ojo ante un banquete, así también se puede llenar el ojo sexual al ver una salchicha polaca pegada a la ingle de un varón. Mal follada es un recuerdo de la tristeza, la infelicidad y la amargura que presiden la vida de muchas mujeres cuyos hombres se las culean mal.


  2. Culo Loco: Normalmente la palabra culo se refiere, ora al orificio carnoso que finiquita el tubo digestivo y por el que se expele la materia fecal, ora al conjunto entero de las dos nalgas o, a veces por extensión, se predica incluso de los aparatos reproductores femeninos. Órgano rodeado de vello tierno en la pubertad y tosco en la edad adulta. Este es para mí el significado del sonoro significante «culo». Por otra parte, la locura es un estado mental de irracionalidad que afecta las actitudes y las aleja del canon de la normalidad. En otras palabras, un culo loco es un culo irracional, extrovertido, y hambriento que busca con ansiedad un falo que sosiegue la picazón de ese pedazo de dermis rugosa y velluda. Asimismo, un culo loco es un culo que ha experimentado buenas culeadas (o lo contrario) y que, por tal razón, ha desarrollado un complejo de ansiedad expresado ya sea como adicción o como relación de co-dependencia con la verga. Al igual que la mal follada, la culo loco profesa una sola creencia: la insatisfacción.

Diecisiete años, insisto, diecisiete años después he venido a descubrir que lo que Jacinta y Concha se decían la una a la otra en plena plaza de mercado era esto: estás insatisfecha y deberías estar avergonzada de ello.

Juntas lo proclamaban y lo disfrazaban con una vestidura de dicterio y pelea. Tanto Jacinta como Concha se recordaban mutuamente que la amargura y la infelicidad que les causaban fricciones, no eran más que el fruto de la insatisfacción que ambas vivían. Seguro estoy de que esta insatisfacción no era sólo sexual. Seguro estoy de que había también sueños frustrados de grandeza, necesidad de reconocimiento, deseos de ser diferentes y frustración de no poder serlo. Diecisiete años después, creo entender al punto de poder gritar: « ¡Eureka! »

Creo que Jacinta y Concha, al decirse mutuamente Mal Follada y Culo Loco, estaban diciéndose en solidaridad: « ¡hermana, amiga, lloremos y lamentemos nuestro destino! Recordémonos con estas endechas soeces, groseras, la triste realidad de nuestras vidas patéticas que nos han condenado a ser sirvientas, verduleras, pobres, mandadas, culos locos, y mal folladas».

Si te ha gustado el texto, además de dejar tu comentario, visita el blog del Xavi:
http://papelesburdos.blogspot.com/

En la foto: un niño, que bien hubiese podido ser yo, en la plaza de mercado de Paloquemao en Bogotá, Colombia. Tomada de www.flickr.com

viernes 6 de marzo de 2009

Las cartas de Ripol V.

Explicación de la serie: haga clic aquí.
Primera entrega: haga clic aquí.
Segunda entrega: haga clic aquí.
Tercera entrega: haga clic aquí.

En el destierro, el 29 de septiembre de un año que prefiero no recordar.

Caro don Álvaro:

Hoy he podido finalmente leer tu mensaje. En las montañas no tuve acceso a Internet.

Los últimos días los he aprovechado para conocer el místico Al-Ándalus. Tú sabes bien la atracción que siento por el Sur.

Gracias por tu respuesta sentida y por el buen ánimo con el que acogiste mis palabras.

He recibido una carta de Silvia con una foto de su pequeño paje. Me ha parecido un niño muy mono. Hasta creo que tiene los ojos de su madre.

No me ha agradado el tono de su carta: se flagela, habla de su poco valor, sus pocos méritos y su mediocridad. Cómo quisiera yo que por un momento se festejara, agradeciera a la vida lo que le ha dado y se sintiera orgullosa de sus realizaciones. Espero que sólo sea una crisis de depresión post-parto.

Yo me celebro a mí mismo y yo me canto, y cada átomo de mi cuerpo pertenece a los que amo, escribía Walt Withman. Esta vez ensayaré cantarle a ella, entonar su loa, en nombre del amor.

Confieso que la he extrañado en estos días. Me pregunto cuándo podré volver a verla. No sé si a ella le pase lo mismo, pero, a mí me hace mucha falta. Debe ser que aún la quiero...

...Sí, como lo cantaba Juana de Ibarbourou –esa Juana nuestra de América-, con la sangre y con el hueso, con el ojo que mira y el aliento... y con este amor que me copa el sentimiento, desde la breve risa hasta el lamento, desde la herida bruja hasta tu beso...

Porque si la amé, si aún la amo. ¿Qué es lo que amé, qué es lo que amo? Seguramente no una chica pusilánime y apocada. No una que se sentía vieja e incapaz de todo. ¡No! Yo amé una chavala de sonrisa franca, que buscaba mi compañía porque admiraba la sabiduría y le deslumbraba la inteligencia que juntos buscábamos.

Era una chica que tenía ansias de la ciencia y de la verdad. Cómo olvidar su mirada atenta, sus ojos fijos en mis labios esperando a que las palabras anheladas salieran puntualmente. No me da miedo afirmar que era nuestra mejor compañera en los tiempos aquellos de los libros.

Me gustaba ese sentirla dependiente, deseosa de aprender cosas, siempre bien cuidada en el vestir, con frecuencia vestida elegantemente, escrupulosa con sus cabellos, cual mozalbete aprendiendo –que no jugando- a volverse señor.

Luego vinieron las peleas. Las tuyas, las mías con ella, las tuyas con ella, las nuestras, las de los dos, las de los tres. Empezaba a pelear, se enojaba, te enojabas tú, se iba y volvía... siempre volvía, como si necesitara beber de mi fuente secreta.

Entonces era como una especie de protegida para mí: la cuidaba de ti y de tus yerbas que decidió nunca probar, la ayudaba, le guardaba la espalda si era necesario. Cuántas veces, desinteresadamente, la preferí a mí mismo y postergué mis asuntos para dar lugar a los suyos, mientras ella aceptaba gustosa y humildemente los servicios que le ofrecía y prodigaba de corazón.

En la mitad de nuestra mocedad compartida la vi salir de mi baño -¿lo recuerdas? Te lo he contado mucho tiempo ha- envuelta en una toalla. Entonces, por primera vez, la deseé consciente, deliberada y libremente, no sin mucho miedo y mucha culpabilidad. Mi carne se volvía trémula, delante de ella.

En medio de mi confusión, opté por la verdad, que me permitiría seguir mirándola de frente. Se lo conté todo. Pero, para mi sorpresa, aquéllo no le causó mayor asombro. A partir de entonces, ella mismo quiso ir más lejos.

Y la amé. Por primera vez y como a nadie hasta ahora, la amé.

Sin embargo, como los sueños no duran sino instantes, pronto empezaron los problemas que más vale no recordar. Todo se derrumbó. Hoy yo sé que entre los dos, algo más que una amistad no tiene futuro. Así lo ha, lo hemos, decidido. La respeto profundamente en eso, aunque a veces no lo parezca.

Tal vez aún la quiera. ¡La quiero!, a decir verdad. Cómo negar lo evidente.

Bien decía Freud que el que ama se encuentra humillado. Porque, créeme que sentirme en este limbo es humillante y me hace sufrir mucho. Me pregunto si habrá una próxima noche, si alguna vez mereceré un beso de sus labios, uno solo de esos que ha dado por montones a los que no quiso ni la quisieron, a los que no la sufrieron, ni la lloraron; a sus amores de paso, de progesterona y de pubertad. Amores que no tuvieron un centímetro de la poesía, la ternura, la locura y la tragedia que tiene el mío.

Ya no espero nada de ella...y sin embargo, espero. Por favor, no tomes como impertinencia, caro don Álvaro, estas confidencias que te hago, ni te sientas culpable, ni le cuentes a ella de esta carta. A la larga, si hay alguien que merece la condena soy yo, por haberme rendido y entregado de la manera como lo he hecho. De nuevo: no te sientas culpable, pero no me impidas tampoco expresarte mi dulce queja. Promete que no te reirás de mis palabras cursis esta vez. Recuerda más bien las veces en que estuviste enamorado, recuerda las tonterías que dijiste, las estratagemas que usaste, los peligros que pasaste por un «te amo» o por un rato de cercanía o de tierna intimidad y, en razón de todo ello, perdona mi lenguaje que, yo sé, te pone incómodo y, a veces, molesto.

El culpable es este sentimiento innombrable, que no sé cómo callar; que me despierta en la madrugada, que la mete a ella en mis pensamientos tan a menudo; que nunca será correspondido, que me hace desafiar a la muerte, a los hombres de mi tribu, delante del cual –ahora blasfemo- Dios mismo tiembla. Amor que es un infierno hacia el que marcho con paso decidido y del que ni quiero ni sé cómo escapar.

Bueno, yo debo confesar que he visto gente más atractiva, mejor proporcionada, quizá más bella que Silvia y sin embargo, el espectáculo de sus miembros desnudos no lo prefiero a ningún otro. La pasión que arrebata la siento con ella mejor que con nadie.

Pero yo sobre todo creo en la bondad profunda de su corazón. En esa generosidad que no escatimaría por mí ningún esfuerzo cuando sea necesario. Bien sé yo que si mañana caigo bajo, si enfermo, si quedo solo, su brazo fuerte, de mujer y de madre de entrañas vacías que me seduce, irá a buscarme. Que con ella no hay vergüenza, ni necesito de secretos para hacerme menos feo o menos despreciable. Que así nunca sienta lo que yo por ella, mi huella difícilmente podrá borrarla de su camino. Mañana se irás lejos, se casará (esto es menos probable. Odia las rutinas y lo serio de la vida), tendrá otros hijos, pero cuando escuche mi nombre, mi muy caro, algo se le moverá adentro, allá donde muy pocos han llegado en su vida, donde muy pocos llegarán después.

¿Cuánto tiempo nos quedará? No lo sé. Lo que tengo claro es –y cómo duele- que esto tan frágil se terminará y que la línea delgada de las cosas que nos unen, terminará rompiéndose. Al final será un bonito o un mal recuerdo. En unos años, si nos volvemos a ver, tal vez la historia se repita otra noche; al día siguiente, nuestro pecado será de nuevo nuestro secreto. Para qué hacer juramentos y pronunciar resoluciones taxativas que siempre fallan porque, ya sabes, la vida se encarga de hacernos tragar hasta las heces el vino que juramos jamás libar y, no sin razón, los antiguos decían que el carbón que ha sido brasa, con poca lumbre se enciende. Tú puedes dar fe de esto que digo.

Mientras tanto, mientras me tiene y la tengo y te tengo, lucharemos juntos. Que ella es capaz de muchas cosas.

De mi boca escuchaste, ha ya mucho tiempo (en aquella célebre exposición universitaria, turbado por cuenta del cannabis), aquel axioma de Protágoras: el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son (este amor y su tragedia) y de las que no son (el futuro que ella tiene por delante).

(Aquí El Peregrino termina. Esto que sigue está escrito con otro color de tinta en una hoja arrancada de algún cuaderno, lo que sugiere que se escribió días después).


No había podido terminar mi carta. El tiempo en este destierro se agota ¡Tengo tanto miedo! De partir y de quedarme, de los otros y de mí mismo.

Me siento como la Europa del año mil: poblada de herejías y confusiones inmensas, atestada de miseria y perdida en una tremenda incertidumbre frente al porvenir. Como los milenaristas, espero la hora cero, donde todo comenzará de nuevo en una especie de expectación morbosa y exaltada. Lucho para no perder las esperanzas, pues, por primera vez, creo haberme deseado la muerte…

¿Y qué podría decirte a ti mismo? Que eres joven, amigo mío, y que el mundo está de rodillas delante de ti. Tómalo entre tus manos, agarra de una buena vez la rienda. Hazte señor de ti mismo; que el que eso hace, decía tal vez Sócrates, hace más que el que conquista una ciudad.

¡Ea pues! ¡A la lucha! Que yo desde la gradas gritaré con todas mis fuerzas mientras corres en el estadio; yo mismo arrancaré al laurel sus ramas para ceñir tu cabeza. Los que te amamos te aplaudiremos. Allí estarán también Silvia y su escudero.

Cuídala; también al bebé. Dile que la extraño.

Le enviaré algún dinero. No me gusta que le mendigue al cobarde de su amante, que le hizo un hijo al galope y se marchó.

Me iré de aquí en una semana. No tengo un destino fijo todavía. Creo que iré al Magreb (ya tengo algunos contactos en Casablanca). Así que por lo pronto no esperes más cartas mías.

Fraternalmente,

El Peregrino.