«Por eso no levanto mi voz, viejo Walt Whitman,
contra el niño que escribe nombre de niña en su almohada,
ni contra el muchacho que se viste de novia en la oscuridad del ropero,
ni contra los solitarios de los casinos que beben con asco el agua de la prostitución,
ni contra los hombres de mirada verde que aman al hombre y queman sus labios en silencio».
F. García Lorca.
-Ay don Álvaro, ¡cómo nos ha cambiado la vida! Ahora que estamos medio borrachos y que, bajo el efecto de las cervezas, se me está soltando la lengua, le voy a contar una historia:
Qué de cosas, don Álvaro, las que me ha tocado oír desde que nos recibimos de la universidad y dejé atrás la Antioquia tosca y hombruna de mis montañas a la que nunca más he vuelto...
Pobre como soy, en la gran ciudad me ha tocado hacer de todo.
Adiós tibio viento y tibias noches, adiós vida apacible de Santa Fe, adiós Medellín de lloviznas y de mojadas, de Silvia y de yerbas.
Fíjese que algún tiempo ha, por ejemplo, trabajaba como consejero de estudiantes en el departamento de asesoría psicológica de una escuela secundaria en algún sector de esta Bogotá, gamberra como las crónicas que por perezoso (y por andar concentrado en obritas de Eco, lejanas de su mundo) nunca leyó Ud., canijo.
Debía dirigir con los alumnos del último curso un taller de reflexión sobre el «don maravilloso» de la sexualidad. Me apercibí de lo necesario y elaboré un bosquejo que creo que debió revisar hasta el arzobispo, tal vez porque un contenido de tan alta «peligrosidad» debía pasar por la lupa de mil censores (con razón se lamentaba Fernando González Ochoa, nuestro viejito de Otraparte del Envigado del Javi, en su Viaje a Pie: «¡pobre país, país de miseria, […] sin rumbo y sin conciencia aún! ¡Pobre país en que son condóminos el Cura, el Bachiller y el Diablo!». Esto último lo pensé, pero, afortunadamente don Álvaro no lee los pensamientos como Zola, ni cuenta las gotas de sudor que caen de la frente de Raskólnikov como Dostoievski).
En fin, después de todos los ajustes necesarios (corte esto, agregue aquello, no diga esto, esto no es necesario, este contenido no es relevante para adolescentes, etcétera), pude hacer mi taller, que, a la larga, resultó ser una maravillosa jornada de reflexión y de maduración personal tanto para mí como para los chicos.
Y ya mejor no le cuento más, don Álvaro, mejor escribo y luego venga y lea,
tolle et lege, como le dijo el diablo al de Hipona (que no era de Hipona sino de Tagaste, que no era de Tagaste sino de la mujer que despidió en Milán, que no era de Milán sino de su puta madre que según dicen, no me consta, era una santa):
Era el jueves o el viernes de un octubre por la tarde y los estudiantes, en la soltura de su adolescencia, abrieron su intimidad y festejaron alborozados lo que para ellos fue un arrebato de inusitada sinceridad. Hubo risas, abrazos y lágrimas cursis.
Dejemos ahí don Álvaro. Mejor le sigo contando de viva voz:
-Lorenzo, la loquita del grupo (las amigas hasta le decían Lola y cantaba: «…la que camina sola por Barcelona buscando follón». Esto lo estoy pensando, pero no se lo digo al de marras), el bailarín estrella en el grupo de danzas de la escuela, el del pearcing sobre la ceja izquierda, la piel pálida y el pelo castaño con un par de mechas blondas, siempre tiesas bajo el efecto de la gomina, le contó a todos lo que ya sabíamos: que era gay. Como cuando Uribe –el acondroplásico doctor Varito– que hoy amaneció con una «encrucijada en el alma» (menos mal que no en el culo), nos diga, al fin, que quiere hacerse reelegir. La gente cree que uno es güevón, ¿cierto?
Sin embargo, la seguridad de la Lola y la naturalidad de su discurso provocaron algo que muy pocos esperábamos: Pipe, un mozalbete de diecisiete años, atlético, de barba incipiente y una docena de barros en el rostro, también quiso contar su secreto frente a la mirada atónita de sus compañeros y, sobre todo, de las chicas.
¡Qué liberales se nos han vuelto los muchachos! ¿Verdad, don Álvaro? Ud. debe sentirse en su salsa en estos tiempos. Y abro paréntesis para que el lector entienda, porque generalmente es tonto y olvidadizo: don Álvaro es un marica Summa Cum Laude de Medellín, que en mi serie Las Cartas de Ripol se estaba muriendo (de SIDA no, no sea malpensado), eso creo. Bueno, al menos está todavía vivo para mí y para Martincito, el hijo de Silvia que no le diré quién es porque no quiero remover ese pantano turbio de mis recuerdos.
Pero volvamos adonde nos encontrábamos: a la mesita de las cervezas, donde estoy borracho y se me está soltando la lengua y don Álvaro, beodo, pestañea despacio, despacio y se está durmiendo.
Pero como esto es literatura, juego con el tiempo y mejor regreso atrás:
El tiempo pasó (en el pasado, porque estoy jugando con él, ya lo dije) y terminé renunciando a ese empleo (ay hombre, ¿cómo que a cuál? ¡al de consejero estudiantil! ¡Concentrate! Y no, no se me olvidó la tilde; es que en Antioquia voseamos y hacemos de una esdrújula una paroxítona porque sentimos al castellano tan nuestro como lo siente la RAE).
No volvieron las tardes de formación y crecimiento personal (las volvieron retiros espirituales de un fin de semana en la casa de unas monjas).
No contaré las causas de mi renuncia, aunque, según lo que he dicho cuatro párrafos más arriba, el lector perspicaz (ahora le llamo así después de haberle dicho tonto porque esta es mi historia y hago en ella lo que me da la gana) podrá colegirlas fácilmente. Los chicos se graduaron y, con mi salida, perdí con ellos todo contacto.
El tiempo volvió a pasar y una noche me encontré con Pipe (el mes pasado, a decir verdad).
Estaba muy cambiado, don Álvaro. Si lo viera: ya no tiene barros en la cara y sus carrillos lucen adornados con una barba copiosa, afeitada cuidadosamente siguiendo caprichosa forma. Su peinado descuidado no le iba mal y debía tener ya unos veinte o veintiún años. Apenas como para Ud. don Álvaro (se está riendo. Parece que se acaba de despertar).
Fue en Terraza Pasteur, uno de los sitios de ligue gay más concurridos y tradicionales de la capital colombiana.
-¡Good evening monsieur!, gritó en pésimo ‘fran-glés’, con entusiasmo, Pipe, como para demostrarme con su chicana que estaba aprendiendo otra lengua.
Yo me volví y sin reconocerle le respondí fríamente: buenas.
-¡Soy Pipe, doctor! ¿No me recuerda? (no sé por qué diablos me dice ahora ‘doctor’. Será para insultarme, porque en Colombia doctor se le dice a cualquier hijueputa, verbigracia, al Doctor Varito).
-¡Muchacho!, dije, pero qué cambiado estás. ¿Qué hacés?
-Espero a alguien, respondió.
Tardé poco en comprender, don Álvaro, que ‘alguien’ se había vuelto una palabra habitual en sus labios. ‘Alguien’ designaba los más diversos tipos de personas. ‘Alguien’ podían ser Luis, Mateo, Felipe, Jorge, Fernando, Eduardo, Esteban, Jairo o Ricardo. Pipe les acompañaba, les daba un rato de placer, se daba a sí mismo un rato de placer y regresaba muy tarde al piso que había rentado en Santa Isabel, en donde vivía solo. Le gustaba lo que hacía, tomaba precauciones y lo disfrutaba mucho. Había aprendido mil formas de amar y se sentía afortunado de pensar que mientras el trabajo suponía para muchos grandes esfuerzos y fatigas, para él resultaba algo tan placentero y muelle.
Entre todos sus ‘alguien’, su preferido era Eduardo. Lo vi ese día, justo antes de despedirme de Pipe, cuando ya en el pocillo no quedaba sino el poso del café, pues lo había invitado a tomar uno. Era joven y algo apuesto, hasta se parece al Javi, don Álvaro.
Tenía indumentaria de ejecutivo, más o menos 31 de edad, estaba casado y tenía un bebé de dos años (esto me lo contó Pipe ayer, cuando lo volví a ver y decidí escribir su historia que luego, en el barcito del Chorro de Quevedo, que es un sitio para marihuanos y pasotas, le estoy contando a don Álvaro).
Se veían una vez por semana. Eduardo parecía quererlo. Lo buscaba, le hacía regalos y le trataba con una ternura que conmovía y dejaba ver el drama de su corazón dividido y de su vida de fachada. Pero, Pipe era (en pretérito imperfecto porque todo lo que tiene que ver con el corazón debe conjugarse en este tiempo) incapaz de amar. De Eduardo no le interesaba más que la firmeza de su torso, el tono glauco de sus ojos, el color rojizo de su cabello, esa elegancia hierática de sus ademanes, el fino acento con el que hablaba y el leve olor a nicotina de su aliento.
Desde la noche en que me lo encontré al pasar por Terraza Pasteur, Pipe fue poco a poco contándome su vida en un sitio y otro, que yo he recreado en mi mente de mil maneras, buscándole, sin poder esto hacer, una explicación.
Según entiendo, don Álvaro, todo empezó en el barrio de casitas iguales donde pasó su infancia. Pero, mejor deme un papel, que voy a escribir de nuevo. No me interrumpa más:
Bajo el cielo despejado de un enero travieso, que dejaba ver claramente el sol de la tarde capitalina, perdido tras los cirros lejanos y erráticos de algodón indiscreto, mientras suaves vientos alisios hacían tremolar las hojas de los nogales cercanos, en el taller sucio, en medio de la vulgaridad cotidiana de la vida de las barriadas, entre los gritos de los mercachifles y la rudeza de los menestrales, Pipe descubrió el amor; sí, del modo más heterodoxo y tierno posible.
Ahora, que César se ha ido y que pasa el tiempo y que él no vuelve, Pipe lo recuerda mientras se le nubla la voz y el timbre de su acento me deja entrever la profunda nostalgia que le produce pensar en su primer polvo…
Continuará.