viernes 15 de enero de 2010

La Quitamachos

Al amor cobarde…

Quien la ve tan bien portadita, bien puestecita, bien arregladita. Zapatitos rojos, y mediecitas, y guantecitos de raso y sombrerito aparente, bolsita de cordobán en la mano derecha, un abanico en la izquierda y el paso medido, comedido y cauteloso. Que nadie se le acerque, que esa mujer es un peligro. A mi amiga la Javiera, que en paz descanse –todo se va en esta vida- le quitó el marido.

Fue como sigue; me lo contó la pobre, muy desconsolada. Bueno, a mí no, que los niños no cuentan y esto desde los tiempos bíblicos. Pero sí se lo dijo a Fulvia, el menda presente, para perpetua memoria de la cosa.

Un día de verano como cualquier otro, vino a mi casa –la de Fulvia- tocó fuerte la puerta, se sacudió con un pañuelo la nariz y se apoltronó en la butaca que era de mi tío el mayor, Toribio con nombre de santo malo, que murió en las épocas de las calendas griegas, o sea, en el tiempo del mariscal Robledo, cuando no había carretera pavimentada que llegara hasta la plaza, sonaban todavía las campanas, palomas volaban sobre los aleros de las casas y se cagaban las paredes recién pintadas de la iglesia de Jesús Nazareno y Carmen Burgos aún no se paseaba con su manojo de galletas turcas por la calle del Carmen, pero de esto último ya hablé y aquí no repetimos. Pues bien, ahí mismo, en esa misma silla que era de quien les vengo contando, que vivió en la época que vengo contando, con la mirada perdida en el embaldosado del patio, paraíso de mil líquenes, la Javiera le contó a quien ya nombré, mi abuela, sus penas y yo, niño, vestido de azul, con camisola verde ópalo y tirantes índigos escuchando, amodorrado por el relente cálido de las tres:

Que aquello era de risitas que van y vienen, de te agarro la pancita, de una cosquillita por aquí y una bromita de doble sentido por allá; de ven te visito, amigo, a tu casa, ya fuiste a la feria, yo no, qué es ese olor a ajonjolí que me tiene mareada, no me dejarás en pena sin yo probarlo y de mira qué tomates más chulos parió el tomatero de mi jardín. Sin embargo, en descuidándose la Javiera un jueves, el bobo grande cayó en sus redes.

De Santa Fe, de donde la gente decente, esta mala pécora, mejor dicho, aquélla, de quien hablaba antes, o mejor dicho, después de que hablé de la Javiera, se lo llevó a Aguadas que es pueblo de putas, del Putas. Le puso casa y le dio un caballo con buen ronzal y buena silla dizque para que paseara en las tardes frescas, cuando el hojarasquín del monte no parece. Pero el quídam le salió muy flojo: no desyerbaba la entrada de la casa, que no eran tiempos de pavimento, ni se levantaba temprano, que era lo habitual, ni contestaba los rezos en los velorios, que eran frecuentes, que la chusma mataba a muchos. Hasta que se aburrió la muy matrera.

Al pueblo volvió él, volvió ella, volvieron, al poco tiempo, a implorar indulgencia. La Javiera absolvió a su hombre y a la otra le regó fama de casquivana. Así la bautizó Santa Fe, que no perdona, que nunca perdonó: “La Quitamachos”.

Ahora la veo pasar. Ahí va sola, por la calle. Ya soy muchacho y es mediodía. La observo menear el nalgatorio y, como usa faldas, se me encienden los malos pensamientos, los que me tienen la cara sembrada de mil volcanes que no deshollinan principitos. Dice Fulvia, que es mi abuela (última vez que lo digo): dejá de andar molestándote el cuerpo. La cara, será… Y yo me río y me voy, a seguir dándole al oficio preferido de todo adolescente.

Va sin sombrero, cabeza al viento, sin canas, por la calle desierta como mañana de enero, pero con las carnes aún duras y el movimiento alígero. Quitamachos, le digo entonces con odio en mi silencio, desde las profundidades de la oscuridad del mediodía, escondido detrás de la reja y el alféizar con chambrana elegante de la casa vieja. Quitamachos, le grito a pecho herido, en coro con la sociedad mía que censura la locura, su locura, la espontaneidad de los amores.

Quitamachos, Quitamachos y me enfrento con repugnancia a ella en mis fantasías, donde siempre gana y salgo yo vencido.

Al colegio me fui, después a la facultad y partí del pueblo, de la casa de Fulvia, de corredores frescos y ventanales amplios. A la susodicha no la volví a ver. Una hora se añadió a otra, un día a otro, una semana a otra, un mes a otro, un año a otro y envejecí.

¿Por qué ahora que estoy añoso y soy malo y te comprendo no vienes, Quitamachos, y me quitas tú a mí mismo? Los prejuicios de mi clase, los miedos de mi educación maleducada, los gritos que nunca grité y que ahora ahoga el llanto. Porque sí, Quitamachos, me moría de ganas por ti.

19 comentarios:

Jota dijo...

Bello! Bucear en los recuerdos con tanta delicadeza literaria. ¿opalo, indigo? son colores que he usado en mis estudios de bellas artes. Ha sido una buena lectura y esperando una pronta entrada.
Un saludo peregrino.

Anónimo dijo...

Que lindo! Me encantó, de verdad... volveré por más.
SAludos, Paolo

Una soñadora dijo...

muy humano odiar lo que se desea cuando no se puede tener.

Saludos

copo dijo...

Peregrino,
Qué maravilla, que maravilla. Me gusta mucho como, al principio, todo es una revoltura de referencias pero que al final haya una reconciliación tan clara con lo que todos estos recuerdos significaban.
Qué manera de hacerme sonreir con esta frase "se me encienden los malos pensamientos, los que me tienen la cara sembrada de mil volcanes que no deshollinan principitos" (aplausos) y al final, Peregrino, no me ahogo el llanto como a tu personaje, pero sí me hiciste llorar.
Un abrazo,
Copo

María J. Roldán dijo...

El amor es un misterio que no se resuelve como nosotros deseamos, más bien como las circunstancias de nuestros miedos determinan.saludos Granada

El Joker dijo...

Pues...

Melancólico el relato, delicioso, un mini-Gabo en este mar de letras, océano de gritos, el relato me encanta.

Cuantas veces se queda uno sin decir la palabra que ahogó en medio del orgullo, la educación y la moral...

Cuantas veces es tan fácil liberar esas palabras.

David Pardo dijo...

Me ha encantado, me encanta porque desprende humanidad, a sensación de "odiar" lo que anhelas, ese odio que es amor...

Saludos!

Dark Angel dijo...

es un odio infernal aquel que reflejamos en lo que no podemos tener... me ha sucedido...
hermoso escrito... muy buen trabajo.

GABRIEL U.S. dijo...

Siempre es refrescante leer algo con tal desliegue de lenguaje, poder deslizarse por entre los párrafos con la sincronía que enmarcan esas palabras de antaño que parecen echadas a perder por el olvido. Siempre es bueno reconocer en las nuevas letras, ese encanto que el pasado suele instalar en el relato con elegancia.
Esta quitamachos, vaya que si tiene lo suyo y bueno, la añoranza del movimiento de su nalgatorio es una imagen que da vueltas en la cabeza, bien por eso, bien por la danza de las piernas.
Nos andamos leyendo.
Un abrazo.

Jose Luis dijo...

Buenísimo relato, cuantos de nosotros tuvimos (o tenemos) esa clase de pensamientos de vez en cuando, pero al final somos los culpables de no 'movernos' por hacer algo.

Un abrazo

Jose Luis

Tomáz dijo...

Como siempre, un escrito delicioso. Lo mejor de sus textos es que uno no está seguro de dónde limitan la realidad y... ¿la realidad?
Saludos.

La sonrisa de Hiperión dijo...

El amor cobarde nos atenazada... demasiado. Un placer haberme pasado por tu espacio.

Saludos y un abrazo enorme.

Nightwriter dijo...

Un apetecible texto que evoca a la nostalgia de un pasado, de un recuerdo que hoy se hace presente.
Que de quitamachos hay muchas, que se encuentran enredadas en líos de pueblos pequeños.

Encantada de leer las sublimes letras de don Peregrino.

Un saludo!

Sabina dijo...

creo que me identifique demaciado con el texto. gracias, que bello escribe usted.

DAN-T dijo...

MUY BIEN PEREGRINO. TAN CATÓLICO, TAN CASQUIVANO, TAN PAGANO. AH, YO SOY DE AGUADAS, SI, DE ALLÁ SOY YO. ME DEBÉS UNA EXPLICACIÓN O AL MENOS UN POBRE CALIFICATIVO DE LOS REDACTANDO. UN ABRAZO.

Xavier dijo...

Una vez vi a dos mujeres pelear. Una le decia a la otra: "quitamachos". La turbamulta, la gleba, el vulgo, entre los cuales estaba yo, decia: "peleando tripa!" una y otra vez. Hasta ahora se lo que es la histeria colectiva, hasta ahora se lo que es pelear por tripa: defender frente a la otra, el pedazo de pene que te da placer. Memorial tu texto, como siempre.

Erica dijo...

Un relato encantador...y hermoso.
Felicitaciones!!!
Saludos

GOEFRY | desde la Luna dijo...

Precioso relato que me obliga a seguir visitando este sitio tan ameno. Es agradable pasar por aquí e irse con la buena sensación con la que me voy. Gracias por seguir visitando mi espacio...

¡SALUDOS DESDE LA LUNA!

Caminante dijo...

Yo anduve entre mis atardeceres con ella. Le seguí el paso, alimente su morbo, la atrapé entre mis brazos.
Pero si quieres que sea sicero, no te perdiste de nada.
Comprendo a Xaviera e imagino su dolor pero es cosa que se diluye en el tiempo y en los brazos de alguien más.
Un saludo desde el camino!!!