domingo 31 de enero de 2010

Fisting

Genealogía de un puto II.

A Alberto, que vive por ahí en las calles y que nunca lo leerá; para cumplirle una promesa.

No muchos años después de todo aquello, salí del pueblo, por la carreterita ya pavimentada que no viera el Mariscal Robledo.

En la alta cima del cerro, antes de cruzar la comba del camino de donde ya no se ve más la honda sima del valle, miré hacia abajo y vi por última vez al Cauca serpentear los collados de la comarca entera con sus aguas amarillas, agrestes, rumbo al mar, rompiendo montañas.

Entonces, roto el corazón, dije desde dentro de la rota alma: adiós tibio viento y tibias noches, adiós vida apacible de Santa Fe. Y me fui al Medellín de lloviznas y de mojadas: me fui al colegio, luego a la universidad. Y sepulté mi infancia.

Pasando el tiempo, donde todo empieza, adonde todo vuelve y donde todo termina y fenece, en la época de los sueños y de las ganas de vivir, llegué a Bogotá, al barrio de San Bernardo, guarida de camajanes. Allí vivía yo; y él en la habitación contigua; los dos en el inquilinato de las destartaladas puertas y del patio de baldosín verde, a la sombra cercana de dos montañas que tenían en esa época sendas iglesias adonde subía la gente a pie, los domingos, para estar del cielo más cerca.

Los ruidos, que se hacen familiares cuando sólo te separa una pared sin acabados, terminaron por hacernos hablar un día y compartir otro, un par de botellas en el barcito que olía a lúpulo, a boj, a meados, y donde se jugaba al billar.

Era lo que se llama, con perdón, un puto. Tan joven, belleza al natural, pero, tan mohíno que parecía formado de dolores, inocencia de un pajarillo al viento, sin un nido, gorrión perdido en la selva de cemento sin un árbol para reposar; de ojos grises por lo apagados, aunque cardenillos por su color.

Todo empezó en el barrio de casitas iguales donde pasó su infancia. Fue bajo el cielo despejado de un enero travieso, que dejaba ver claramente el sol de la tarde, perdido tras los cirros lejanos y erráticos de algodón indiscreto, mientras suaves vientos alisios hacían tremolar las hojas de los nogales cercanos y él frente al taller sucio, en medio de la vulgaridad cotidiana de la vida de las barriadas, entre los gritos de los mercachifles y la rudeza de los menestrales. Fue así como descubrió el amor.

Ahora, que César se ha ido y que pasa el tiempo y que él no vuelve, lo recuerda en el barcito que dije, mientras se le nubla la voz y el timbre de su acento me deja entrever la profunda nostalgia que le produce pensar en su primer polvo…

Llanto, sollozo, palabras entrecortadas, y comienza a hablar:

–Me da vergüenza contarle esto, pero pasó, doctor (no sé por qué me dice así. Porque yo doctor no soy. Tal vez porque en aquí doctor se le dice a cualquier hijoputa. Verbigracia, dotor Uribe, dotor Arias, dotor Santos, dotor Ordóñez). Todo pasó para su desgracia.

–Dilo de una buena vez.

–Me tocó doctor, me hizo sentir sucio, me dijo que me daría caramelos y me engañó. ¡Perro maldito! Me bajó los pantalones, me quitó mis interiores, hurgó con su dedo mis entrañas, y ¿sabe qué fue lo peor de todo? Que al final no me dio nada, el muy truhán.

Fue la vez que Cesar, el ayudante del taller de enfrente, viéndolo absorto en la acera, en los juegos tontos de los doce años, le pidió ayuda para levantar la vieja llanta averiada de un viejo remolcador. Y como nada en esta vida se queda sin paga...

–¿Cuánto me darás si lo hago? Le dije con firmeza, doctor. Que tres caramelos grandes que tenía en el bolsillo, respondió con deliciosa –el adjetivo lo pongo yo– malicia sin que yo lo advirtiera.

¡Cómo negarse ante tal paga! No le importaron las caries que podrían producírsele con tal de degustar el dulce sabor de tres caramelos que se deshacían en la boca.

Lo único que pidió el de marras era que el niño le ayudara a rodar la llanta hasta el fondo del taller, despacio, despacio hasta que se fuera toda en el oscuro hueco. Y el pobre, ciego por tres caramelos, accedió.

–Ay muchachito, qué tienes en tu pantalón, le preguntó sin tardanza.

Y él, esforzándose por descubrir la mancha que robaba la impecabilidad de su atuendo afanosamente lavado a mano por su madre: no sé, no lo veo, con inocencia, respondió. Déjame y te limpio, amablemente se ofreció el otro.

–Sin imaginar su malévola intención dejé que me endulzara con su generosidad y deferencia (el último epíteto también es mío).

–Sacudió la tela con denuedo, y según él, el sucio no salió. Diose –otra vez corrompo la versión original por gustillos literarios– a la tarea de hacerlo con cuidado, rozándome la retaguardia para lograr su cometido. Que me quitara el pantalón, me pidió.

–¿Para qué? No es necesario, espetó afectando rudeza.

–Dame los caramelos que ya me apaño luego yo con mi madre.

–Pues fíjese doctor, que me bajó todo, me dijo que cómo era posible que fuese tan desconsiderado con ella, mi progenitora, que tantas horas había tardado blanqueando ese pantalón; que él tampoco quería problemas, que él no quería que ella le fuese a reclamar, y que por eso debía limpiarme. Y me ensució.

Una vez sin nada encima, me acaricio las asentaderas, me hizo examen de próstata con lo que no alcancé a ver ¿y todo para qué? Para nada, doctor. Porque no tenía ningún caramelo en su bolsillo y todo eso lo hacía para distraerme, para no pagarme, el desgraciado. Qué engaño tan bajo doctor, hirió mi dignidad, me dejó sucio, me hizo un examen no pedido, sin consulta y sin factura, y ¿todo para qué? Para no pagarme lo mío. Una vez terminó la auscultación de mis pudendas partes, me mandó afuera y me dijo que había olvidado en su casa los prometidos caramelos, que volviera mañana, que con seguridad los traería. Volví mañana, pasado mañana y también tres días después, pero siempre obraba del mismo modo para engatusarme y despacharme sin lo que me correspondía por haber ayudado a entrar la rueda hasta al fondo, fondo, del taller. Así pasó el miércoles, vino el jueves, llegó el viernes y por fin el sábado. Ese fue su último día de trabajo. Ya las vacaciones acababan y su regreso a la escuela politécnica era inminente.

El lunes pasó y luego el martes; cada día regresé decepcionado y cabizbajo a mi acera, doctor, deseando que me dieran lo prometido, pero este pendejo se burló de mí. Todavía anhelo que vuelva y cumpla su palabra y me dé los tres dedos de caramelos que me ofreció. Todavía doctor, espero en mis sueños, los tres dulces: uno de anular, otro de índice, y uno de pulgar.

* En la foto, de Flickr.com, un lugar que bien pudo haber sido el inquilinato.
** Para ver la primera parte de esta entrada: haga clic aquí.

13 comentarios:

Tani dijo...

Peregrino, muchas gracias por visitarme, ya me he hecho seguidora de tu blog (mi perfil aparece como Libertad).
Mi sitio se llama la insoportable levedad del ser por la obra del mismo nombre de Kundera. Me alegra que lo encuentres interesante, aunque, como la vida misma, ahi verás del todo.

Un beso

Tomáz dijo...

El final ha sido radicalmente diferente a lo que esperaba con la primera parte. Me deja sintiendo algo extraño, ese pesimismo del bueno... no sabría cómo describirlo.
Un abrazo, como siempre, y felicitaciones.
Le cuento que estoy leyendo "Mi Simón Bolivar", de Fernando González. Me hizo pensar en usted, por aquello de las cartas de Ripol. Un gran pensador este tipo.
Saludos.

Gaspar II dijo...

He encontrado que es un relato excepcional, muy descriptivo, ágil pero a la vez un poco triste, quizás por lo real.

Un abrazo.

Gaspar

Maribel dijo...

Hola peregrino,
me alegro que hayas vuelto a la blogosfera, se te echaba de menos.
El relato un poco triste, ya he podido hacerme seguidora de tu blog.
Saludos violetas,
Maribel

GABRIEL U.S. dijo...

La forma de lo narrado denota una gran agilidad con la palabra, pero la emotividad de lo descrito correponde al verdadero valor del texto. El relato termina siendo una espiral en descenso, un círculo vicioso, tristísimo y conmovedor.
Un abrazo.

julian dijo...

Lo primero feliz año peregrino,me alegro de tu vuelta.Por fin sabemos el final de una triste historia pero que la desdramatizas muy bien(hay pasajes con una ironía que me encantan).En resumen que es un placer leerte y que hayas vuelto.Un saludo

copo dijo...

Querido Peregrino, siempre una delicia leerte, desde la dedicatoria hasta la última palabra.
Aunque debo confersa, "desde dentro de la rota alma" que me estoy volviendo adicta a tus finales. La tragedia de tus personajes me rompe el corazón.
Un beso desde el invierno que no se acaba,
Copo

Nightwriter dijo...

Sin duda, un escrito enérgico, -de esos nostálgicos que me estoy acostumbrando a leer por acá- y con una invaluable carga sentimental. Algo extraño al leerlo, a la vez hermoso. Me deja matada ese vuelco de hoja que dejas al final.

Buen texto...

Saludos!

La sonrisa de Hiperión dijo...

Otra día que me tienes or aquí disfruntando de tus letras...

Saludos y un abrazo enorme.

GOEFRY | desde la Luna dijo...

Caballero, la manera de la que escribe me hace sentir y eso no es fácil que ocurra en mi interior. Realmente me ha entusiasmado el texto y ansioso quedo por leer más.

Disculpe mi ausencia durante este tiempo pero las labores lunares me han impedido pasarme por su acogedor rincon.

Prometo no ausentarme otra vez durante tan largo tiempo...

¡Saludos desde la Luna!

Potter dijo...

Y es que tu Nick no puede ser el más indicado…

Peregrino de letras y circunloquios!

Que buen post, en ambas y por una curiosa, extraña y rara situación sentí una verdadera agitación… por que hay que reconocer que hay temas truculentos, morbosos, malsanos y retorcidos, que son realidad y también objeto de deseo.
Aplaudo tu regreso, tu fino, selecto, refinado, elegante, distinguido y pulcro estilo de escribir. Siempre es bueno tener un blog especial para leer con altura.

Un abrazo

Campanula dijo...

Me parece muy triste, pasando a saludar y bueno ya hago parte de los seguidores.
un abrazo

BLAS dijo...

Me gusta tu blog.
Con tu permiso, voy a seguir paseando por él.

Gracias por pasar por doloresyjuan

Saludos blasianos.

wwww.blasismos.blogspot.com